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Análisis Existencial de la Conciencia

De hecho sucede que lo que llamamos conciencia alcanza una profundidad inconsciente. Es en donde tienen su origen las grandes y auténticas decisiones del ser humano.

La conciencia es prelógica e irracional. Lo que nos descubre la conciencia es algo que está por hacerse real y que ha de realizarse previamente. Surge entonces la cuestión de cómo se hará real, si no es anticipado espiritualmente. Este anticiparse, esta anticipación espiritual, se da en lo que llamamos intuición. La anticipación espiritual ocurre en un acto de “visión”.

El amor contempla y descubre posibles valores en el “tú” amado. Anticipa en su visión espiritual lo que un hombre concreto puede encerrar en sí mismo, en cuanto a posibilidades personales aún no realizadas. El amor y la conciencia sólo pueden moverse por caminos intuitivos. La misión de la conciencia es descubrir en hombre “lo uno y lo necesario”. En otras palabras, se trata de esa única y exclusiva posibilidad que sería, de alguna manera, un valor de situación, un deber ser, que no puede ser abarcado por ninguna ley moral. El instinto vital descuida lo individual. La conciencia incluye siempre el “ahí” concreto de mi ser personal.

Así como la conciencia descubre “lo uno necesario”, el amor, a su vez, descubre lo único posible; es decir, las posibilidades únicas en su género que ofrece la persona amada. En el amor, el hombre es un ser que decide. De hecho, una elección amorosa es sólo verdadera cuando no se encuentra dictada por impulsos. Mientras un yo sea impulsado hacia un tú, por un ello, no es posible hablar de amor. El YO es quien se decide por un TU.

No sólo la conciencia y el amor tienen sus raíces en una profundidad intuitiva del inconsciente espiritual, también la conciencia artística. El artista que quiere ejecutar su obra más consciente posible, la lleva a un completo fracaso artístico (a causa de la hiperreflexión). Es necesario que se le devuelva su confianza en el inconsciente.

La psicoterapia trata de hacer a toda costa que algo se vuelva consciente, ya que el terapeuta sólo efectúa esta operación provisionalmente. Su tarea es la de hacer consciente algo inconsciente, para restituirlo finalmente a su inconsciencia. Facilita el paso de una potencia” inconsciente a un acto consciente. El objetivo es crear, en definitiva, un hábito nuevamente inconsciente.

Allí, en donde el yo (espiritual) penetra y se mueve en una esfera inconsciente como en su propio terreno, puede hablarse de conciencia, amor y arte. Por otro lado, en donde el ello (psicofísico) hace irrupción en la conciencia, hablamos de neurosis o psicosis.

LA INTERPRETACIÓN ANALÍTICO-EXISTENCIAL DE LOS SUEÑOS

En los sueños -productos auténticos de inconsciente- no sólo intervienen elementos del inconsciente impulsivo, sino también del inconsciente espiritual.

El sueño viene a dar expresión a la voz de aviso de la propia conciencia. En el análisis de los sueños se requiere objetividad y sinceridad de parte del analizado. De parte del investigador, una imparcialidad incondicional que no le haga cerrar los ojos en lo que se refiere a los hechos de la espiritualidad inconsciente.

Hay sueños en los que existe una advertencia al durmiente. En otros, figura un reproche o en ocasiones un rechazo por algo... Sin embargo, siempre proceden de la conciencia, esto es, de lo más íntimo del inconsciente espiritual.

Lo religioso se encubre a veces pudorosamente. Sería un error confundir tal pudor con un inhibición neurótica. El pudor desempeña en el amor una marcada función protectora. Su tarea consiste en impedir que, algo que es objeto absoluto, llegue a convertirse en objeto de espectadores. De esta manera, se puede decir que el amor tiene “aversión” a ser observado. Por esta razón huye de toda publicidad, ya que por ésta el hombre teme que algo sagrado en él sea profanado. En otras palabras, por la contemplación extraña o propia, el amor se desyoifica y se elloifica.

La religiosidad implica -por lo menos en la misma medida que el amor- una verdadera intimidad. Es íntima al hombre en un doble sentido: está “en lo más hondo” de él; y como el amor, se halla también bajo la protección del pudor. Aun la religiosidad auténtica se esconde de toda publicidad para seguir siendo auténtica. Se oculta para no traicionarse a sí misma.

Los pacientes suelen tener miedo de “traicionar” su experiencia religiosa “íntima” de dos maneras. Tanto en el sentido de divulgarla, como en el de hacerle traición. Esto último lo temen en cuanto que no quieren que su experiencia íntima caiga en manos de alguien que posiblemente sea incapaz de concebirla en su propio ser, de comprenderla como algo propio de la persona. Temen que vean en esa experiencia algo impropio; v.gr. que el terapeuta vea su experiencia como una sublimación o ponerla al descubierto como algo no personal; algo que no pertenece a la esencia del yo, sino a la del ello.

Los pacientes se encuentran dispuestos a comentar, por ejemplo, su vida sexual más íntima, descendiendo incluso a detalles. No obstante, esos pacientes empiezan a sentirse cohibidos en cuanto se toca su vida religiosa íntima. Su camino religioso parece estar fuera de toda discusión. Quizá el no respeto a este punto sea un aspecto que favorezca la represión de la religiosidad, de su ocultamiento psicológico del yo consciente.

LA TRASCENDENCIA DE LA CONCIENCIA

Toda libertad tiene un “de qué” y “un para qué” es libre el hombre. La respuesta es ser impulsado, i.e. que su yo tiene libertad frente a su ello. En cuanto a su para qué, el hombre es libre, se puede contestar que para ser responsable. La liberad de la voluntad humana consiste, por tanto, en una libertad de ser impulsado para ser responsable, para tener conciencia.

“Sé dueño de tu voluntad y siervo de tu conciencia”, dice Frankl. Esta frase la entiende de la siguiente manera:

1) Sé dueño de tu voluntad: dueño de mi voluntad lo soy ya por el hecho de ser hombre, pero con la condición de entender debidamente “ser hombre”, de comprenderlo como ser libre, de concebir todo mi ser existente como plenamente responsable.

2) Siervo de tu conciencia: la conciencia debe ser, por tanto, algo distinto de mí mismo. Tiene que ser algo que esté por encima del hombre. Este hombre que escucha la voz de la conciencia tiene que ser algo extrahumano. Sólo puedo ser siervo de mi conciencia si, al entenderme a mí mismo, entiendo a la conciencia como un fenómeno que trasciende a mi“mero ser hombre”. En consecuencia, me comprendo a mí mismo y comprendo mi existencia a partir de la trascendencia.

Por lo tanto, sólo puedo ser “siervo de mi conciencia” cuando el intercambio con ésta es un auténtico diálogo y no un monólogo, cuando mi conciencia es algo más que mi propio yo, cuando es portavoz de algo distinto de mí mismo.

La conciencia no podría tener voz, ya que ella misma es voz: voz de la trascendencia. Esta voz sólo la escucha el hombre, pero no procede de él. Con esta luz, la expresión persona vendría a adquirir un nuevo significado, ya que ahora podríamos decir que en la conciencia de la persona humana (per-sonat) resuena una instancia extrahumana. Esta instancia extrahumana ha de ser forzosamente de carácter personal. La conciencia como hecho psicológico inmanente nos remite por sí misma a la trascendencia.

La conciencia sólo se nos hace comprensible a partir de una región extrahumana. Como señor de mi voluntad soy creador; como siervo de mi conciencia, soy criatura. En otras palabras, para explicar la condición humana de ser libre, basta la existencialidad; para explicar la condición humana de ser responsable, debo remitirme a la trascendentalidad del“tener conciencia”.

La conciencia -que ya desde un principio se ha considerado como modelo del inconsciente espiritual- se convierte en una especie de punto clave en el que se nos revela la esencia trascendental de este inconsciente espiritual.

El hombre religioso e irreligioso

Se ha dicho ya que la conciencia es la voz de la trascendencia. Por lo tanto, ella misma es trascendente. En consecuencia, el hombre irreligioso es aquel que ignora esta trascendencia de la conciencia. El hombre irreligioso tiene conciencia, responsabilidad, pero no se pregunta más allá, no pregunta por el “ante qué” de su responsabilidad, ni por el “de dónde” de su conciencia. El hombre irreligioso es aquel que acepta su conciencia en la facticidad psicológica de ésta. Separa, por así decirlo, antes de tiempo. Considera a la conciencia como una cosa última, como la postrera instancia ante la cual ha de sentirse responsable.

El hombre irreligioso se ha detenido antes de tiempo en su camino en la búsqueda de sentido, porque no ha ido ni se ha preguntado más allá de la conciencia. Es como si hubiera llegado a una cumbre inmediatamente inferior a la más alta. La pregunta es, ¿por qué no sigue adelante? Quizá porque no quiere dejar de seguir teniendo “tierra firme bajo sus pies”; porque la verdadera cima se esconde a su vista y se halla oculta por la niebla. Posiblemente, en esta niebla, en esto desconocido, nuestro hombre no se atreve a internarse. A ello sólo se atreve el hombre religioso. ¿Qué impide a ambos, allí en donde uno se queda parado y el otro se decide emprender la ruta final, se despidan mutuamente y sin rencor?

El hombre religioso debería ser capaz, asimismo, de respetar esta decisión negativa de su prójimo. Debería no sólo reconocerla como posibilidad de principio, sino aceptarla como realidad de hecho, ya que la libertad de tal decisión ha sido creada por Dios y puede incluso negar a su Creador.

El hombre en ocasiones se contenta con negar únicamente el nombre de Dios, ya que así como se requiere un poco de valentía para confesar abiertamente algo una vez que se ha conocido, también se requiere un poco de humildad para llamar a eso mismo con la palabra que los hombres vienen utilizando desde hace miles de años: DIOS.

El psicoanálisis llama a la conciencia “súper yo”. A éste lo deriva de la introyección de la imagen del padre.

El deber se presupone siempre en alguna forma a todo querer. Porque así como yo sólo puedo responder si me han preguntado; de la misma manera, como toda respuesta, hace necesario un“a qué” y este “a qué” ha de ser anterior a la respuesta misma. De la misma manera,“ante que” de toda responsabilidad precede a la responsabilidad misma. Mi “deber” tiene que presuponerse en cuanto a “que debo querer”.

La nostalgia de Dios, mi ansia de penetrar en el campo de fuerzas divino, es en mí algo primario.

RELIGIOSIDAD INCONSCIENTE

El análisis existencial se vislumbra, según Frankl, como un proceso en tres estadios:

1º Partió del hecho fenomenológico primario del ser hombre, como ser consciente y ser responsable.

2º En una segunda fase, se internó en el campo de la espiritualidad inconsciente, al añadir con su logoterapia, lo espiritual a lo psíquico.

Aprendió y enseñó a ver lo espiritual dentro del inconsciente. Al “ello”, como inconsciente impulsivo, le sumó el inconsciente espiritual, como un nuevo hallazgo.

Descubrió aquella profundidad inconsciente en donde tienen lugar las grandes y existencialmente decisiones auténticas .

Además de la conciencia de responsabilidad (responsabilidad consciente), tenía que haber necesariamente algo así como una responsabilidad inconsciente.

Al reconocer el inconsciente espiritual, sale al paso de toda posible intelectualización y racionalización unilateral respecto a la esencia del hombre.

3º En una tercera etapa o estadio, el análisis existencial descubre dentro de la espiritualidad inconsciente del hombre, algo así como una religiosidad inconsciente, en el sentido de un estado inconsciente de relación a Dios. Esta especie de“fe inconsciente” en el hombre (inconsciente trascendental), significa que existe siempre en nosotros una tendencia inconsciente hacia Dios. Precisamente por eso hablamos de la presencia ignorada de Dios.

No quiere decir que Dios, en sí mismo y por sí mismo, sea inconsciente. Significa, más bien, que Dios a veces nos es inconsciente, i.e. que su presencia nos es reprimida y por tanto oculta.

Para entender esto hay que precaverse contra posibles desviaciones, como creer que el inconsciente es divino. No sólo no es divino, sino que no se le puede atribuir ningún atributo divino, como la omnisciencia. Tampoco es algo por sí mismo; no es un “ello” independiente. Jung situó la religiosidad inconsciente en el “ello”. Desde su punto de vista, el yo no es responsable de lo religioso. Para este autor, la religiosidad la tendríamos que agradecer a un “impulso religioso”.

La verdadera y auténtica religiosidad no tiene carácter impulsivo, sino decisivo. El inconsciente trascendental no es un inconsciente determinante, sino existente. La religiosidad inconsciente emerge del centro del hombre, de la persona misma, en cuanto a que la profundidad de la persona en el inconsciente espiritual no se queda reprimida.

La religiosidad no puede ser innata porque no se encuentra encadenada a lo biológico. No se niega que el ser humano se encuentra ya con algo por donde canalizar su religiosidad con algo existente, que hará suyo de manera existencial. Sin embargo, ésto que hemos encontrado, estas imágenes primeras no son arquetipos cualesquiera, sino que son las plegarias de nuestros padres, los ritos de nuestras Iglesias, las revelaciones de nuestros profetas y los ejemplos de nuestros santos.

Existen tradiciones suficientes a nuestra disposición. Nadie tiene necesidad de inventarse primero a Dios. Pero tampoco ninguna persona la trae consigo en forma de arquetipos innatos.

Esta religiosidad primordial ya existente en el origen y luego reprimida en muchos hombres es ingenua, en el sentido de una fe de tipo infantil.

Actualmente no le damos ya más vueltas al problema del “futuro de una ilusión”, sino que con mucha más razón nos preocupamos de la eternidad y actualidad, o mejor dicho, omnipresencia de esa realidad que constituye -como se nos ha puesto de manifiesto- la religiosidad del hombre. Es una realidad que puede permanecer o hacerse inconsciente o igualmente ser reprimida.

La tarea del análisis existencial consiste en actualizar esta realidad espiritual inconsciente, pero siempre presente. Ir hasta el fondo del modo de ser neurótico, investigar su última causa alegable y en ocasiones se encontrará que esta causa acusa una deficiencia, esto es, que su relación a la trascendencia se encuentra perturbada o reprimida.

Respecto a esta represión, se podrá escuchar de algunas personas: “racionalmente soy incrédulo; pero con el sentimiento puede ser que crea, a pesar de todo”.

La religiosidad psíquicamente enferma es una neurosis obsesiva. Cuando la fe se atrofia, parecería como si se deformara o desfigurara. Hay muchas cosas que nuestra situación cultural que merecerían el calificativo de “neurosis obsesiva común al género humano”, para emplear los términos de Freud, muchas, excepto una: la religión.

PSICOTERAPIA Y RELIGIÓN

¿Qué relación inmediata puede existir entre todas las cuestiones abordadas y la práctica e investigación médica? A decir verdad, al profesionista terapeuta no le interesan las cuestiones religiosas. Cuando de alguna manera surgen, está obligado como profesionista de la salud a observar una tolerancia sin reservas. Esto no quiere decir que se desinterese de la religiosidad o irreligiosidad de su paciente, sino como médico, en su condición de hombre y de creyente, le han de interesar en gran manera cosas como éstas. No obstante, deberá tener mucho cuidado en que esta religiosidad llegue a manifestarse espontáneamente. Por esto deberá aguardar con calma hasta que se produzca tal manifestación. Esto le será más fácil si de antemano sabe que existe una religiosidad latente, aun en las personas declaradas irreligiosas.

El médico con fe no sólo se limita a creer en su Dios, sino que cree también en la fe inconsciente del paciente. No sólo tiene plena conciencia de su propia fe en Dios, sino que al mismo tiempo cree en El como Dios inconsciente en su paciente, aun cuando sabe que éste último concepto “todavía no” ha llegado a ser consciente.

La religiosidad sólo es auténtica en donde es existencial. Allí en donde el hombre no es de algún modo impulsado a ella, sino que se decide por la misma. Más aún, ha de llegar también a un punto en que brote espontáneamente. Jamás un hombre ha de ser apremiado a ella.

Una persona no puede ser impulsada por el ello o apremiada por el terapeuta a tener una auténtica religiosidad. Al igual que en los complejos reprimidos, sólo se logra la curación si se llegan a ser conscientes espontáneamente. De la misma manera sucede en el caso de la religiosidad inconsciente: sólo puede curarse la persona si consigue que brote con espontaneidad la religiosidad.

La logoterapia no puede ni desea sustituir a la psicoterapia, sino complementarla.

El deber de ventilar frente a un paciente creyente puntos de vista religiosos, no lo tiene jamás el terapeuta como terapeuta, sino sólo como un creyente que habla a otro creyente.

Por más que la religión pudiera tener efectos psicoterapéuticos eficaces, su motivo primario no es en absoluto el de psicoterapeuta. Su fin no es una curación, sino la salvación del alma. La religión no es ningún seguro a una vida tranquila o a una ausencia de conflictos. La religión da al hombre más que la psicoterapia, pero también exige más de él.

Del mismo modo que la dignidad del hombre se funda en su libertad, una libertad que llega hasta el “NO”, es decir, hasta el punto en que el hombre puede incluso a decidirse a cerrar sus puertas a Dios, así también la dignidad de la ciencia descansa en esta libertad incondicional que garantiza a la investigación su propia independencia.

Al hablar de dignidad, se podría definir como “el valor en sí mismo”, en contraposición al valor útil, como valor para mí. Por esta razón es importante no hacer de la psicoterapia una sierva de la teología. Su valor es por efecto y no por intención.

Si alguna vez la psicoterapia llega, por su lado, a probar que el alma humana es lo que creemos que es, lo habrá conseguido únicamente como ciencia autónoma que es y quiere seguir siendo.

Cuando menos se aplique la psicoterapia a convertirse en “servidora de la teología”, tanto mayores serán los servicios que de hecho podrá prestar a esta última. No es menester ser sierva para servir.

LOGOTERAPIA Y TEOLOGÍA

El fin perseguido por la psicoterapia es la curación psíquica. En cambio, el fin de la religión es la salvación del alma. El sacerdote, en ciertos casos, luchará por la “salud” del alma de su creyente, exponiéndose conscientemente a aumentar en éste las tensiones emocionales. Posiblemente no las trabajará, porque su motivo no es psicohigiénico. Puede suceder que en sus resultados obtenga efectos psicohigiénicos o psicoterapéuticos, aunque no se lo haya propuesto, causándole alivio en su camino a la trascendencia y con el Absoluto. La dimensión en que avanza el hombre religioso es superior. Tiene una mayor amplitud que la dimensión en la que se desenvuelve la psicoterapia.

El ser humano en su existir, no va en busca de placeres o de poder, ni siquiera de una plena realización de sí mismo, como la de llenar su vida de sentido. Por eso en la logoterapia se habla de una“voluntad de sentido”.

El ser humano está orientado de por sí a un sentido, aunque apenas lo conozca. Se trata como de un preconocimiento de sentido. Esto constituye la base de lo que llamamos “voluntad de sentido”. Ya sea que el hombre quiera y reconozca o no lo haga, cree en un sentido desde que comienza a respirar. Incluso el suicida tiene un sentido, si no es el de la vida, lo será el de la muerte.

El enfermo desahuciado que goza de lucidez, podría comprender que todo lo tiene perdido. Sin embargo, sigue esperando. Espera hasta el fin. Pero, ¿ qué es lo que espera ? Quizá es una esperanza ilusoria de curación en este mundo, o bien, se trata de una esperanza trascendente, que es propia de la esencia humana, que nunca puede estar sin esperanza.

Cuando la psicoterapia considera el fenómeno de creer, no como una fe en Dios, sino como una fe en un sentido, entonces le es enteramente legítimo ocuparse de este fenómeno.

Ser religioso significa preguntarse apasionadamente por el sentido de nuestra existencia. Este fenómeno tiene muy poco que ver con la miopía religiosa que al parecer una persona ve en Dios y para él sólo cuenta una cosa: que el mayor número de personas crea en él, a través de una manera prescrita por una determinada confesión religiosa.

El amor y la fe no pueden ser manipulados. Se producen cuando surge ante ellos un contenido y objeto adecuado.

La logoterapia NO nos aparta de la religión, pero sí de aquellas confesiones que parece que no tienen otro objeto que luchar entre ellas. Esta actitud lleva al abandono de sus ideales. Vamos hacia una religiosidad personal, una religiosidad a partir de la cual cada persona encontrará su lenguaje propio, personal, el más afín a su naturaleza íntima cuando se torne a Dios. No obstante, esto no quiere decir que dejen de existir rituales y símbolos comunes.

Cada religión puede acercar al hombre a la verdad, que es una. En todas ellas se pueden dar equívocos e incluso mentiras. Empero, cualquier religión pueden servir al hombre de vehículo para llegar a Dios. Al único Dios.

CURA DE ALMAS MÉDICA

Aunque no lo quiera, el terapeuta es llamado hoy a tener que dar consejo en cuestiones de angustia vital, ajenas a toda enfermedad. No puede evitarse que los hombres angustiados acudan hoy día, en mayor número, en busca de un consejero experimentado. Se trata de un terapeuta; no de un pastor de almas.

Con frecuencia la psicoterapia termina por desembocar en una cura de almas, aun en ocasiones en que no lo sabe o no lo quiere saber. El terapeuta debe consolar a las almas. En ningún caso es esto misión exclusiva del psiquiatra. Es simplemente tarea de todo médico en ejercicio. No obstante, el médico no puede dar sentido a la vida del paciente, quien ha de encontrarlo por sí mismo. A la logoterapia no le incumbe juzgar sobre el sentido o la falta de él, sobre valores o ausencia de ellos.

Sabemos que el sentido de la vida no puede idearse, sino que hay que descubrirlo. El hombre en ciertas circunstancias no puede comprender el sentido, sino que debe interpretarlo. Esto NO significa que esta interpretación se haga arbitrariamente. En efecto a cada pregunta corresponde sólo una respuesta, que es la correcta. A cada problema sólo una solución, la que vale. A cada situación le corresponde un sólo sentido, que es el único verdadero.

El sentido debe ser encontrado, pero no puede ser producido. Así se comprende que el hombre que no es capaz de encontrar un sentido a su vida, no lo puede inventar. Entonces buscará la manera de refugiarse fácilmente de su falta de sentido, en el absurdo o un sentido meramente subjetivo. Con esto se corre el riesgo de pasar por alto el sentido verdadero, los auténticos quehaceres y problemas del mundo real.

EL ÓRGANO DEL SENTIDO

El sentido no sólo debe, sino puede ser encontrado. Para lograrlo, el hombre es guiado por la conciencia, que es “un órgano del sentido”. Podría definirse como“la facultad de descubrir y localizar ese único sentido que se esconde detrás de cada situación; como la facultad propiamente humana de descubrir formas de sentido, no sólo en lo real, sino hasta en lo posible”.

El sentido no sólo se transforma día a día y de hora en hora, sino que varía de hombre a hombre.

La conciencia puede inducir al hombre a error. Más aún, hasta el último instante y hasta el suspiro final, el hombre no sabe realmente si ha realizado el sentido de su vida o si ha sido víctima de un engaño. Ignora si no será tal vez la conciencia del otro la que ha podido tener razón. Esto no significa que no haya una verdad. Sólo puede haber una verdad, pero nadie puede saber si es él mismo o es el otro quien la posee.

El sentido va ligado a una situación única y particular. Sin embargo, existen unos “universales” del sentido, ligados a la condición humana como tal. Estas posibilidades generales de sentido constituyen lo que llamamos “valores”. El hombre experimenta cierto alivio a consecuencia de estos valores más o menos generales. No obstante, sólo lo consigue al precio de verse sumido en conflictos.

Existen situaciones en las que el hombre se ve confrontado con una pluralidad de valores entre los que tiene que elegir. En otras palabras, se debe escoger entre principios que se contradicen entre sí. La conciencia es la única que hace que el hombre tome su decisión con libertad (no arbitrariamente) y responsabilidad.

La persona sigue siendo libre ante su conciencia; pero esta libertad consiste solamente en elegir entre dos posibilidades: seguir el dictamen de la conciencia o hacer caso omiso de sus advertencias. Cuando la conciencia se reprime, vamos a parar al conformismo o al totalitarismo.

Las posibles interferencias entre los campos de acción de los valores podrían ser sólo aparentes. Vivimos en una época que se caracteriza por un sentimiento de falta de significado. La educación ha de poner el máximo empeño en no proporcionar solamente ciencia, sino también en afinar la conciencia, para que el hombre sea lo suficientemente perspicaz para interpretar la exigencia inherente a cada una de sus situaciones particulares..

Vivimos en una sociedad de abundancia en todos los sentidos. Cada vez se amontonan más libros y revistas sobre nuestras mesas de trabajo. Si el hombre, en medio de todo este torbellino de estímulos, quiere sobrevivir y resistir a los medios de comunicación de masas, debe saber qué es lo importante y qué no. Qué cosa es lo fundamental. Qué es lo que tiene sentido y lo que no lo tiene.

LA AUTOCOMPRENSIÓN ONTOLÓGICA PRERREFLEXIVA DEL HOMBRE

Ser hombre significa hallarse permanentemente confrontado con situaciones de las que cada una es al mismo tiempo don y tarea. La tarea de una situación consiste en realizar su sentido. Esto nos da la posibilidad de realizarnos nosotros mismos mediante el desempeño de dicha tarea. Cada situación es un llamamiento que debemos escuchar y al que debemos obedecer.

El hombre no sólo busca un sentido, sino que también lo encuentra. Ve un sentido en el hecho de hacer o crear algo. De la misma manera, ve un sentido en experimentar y vivir algo, en amar a alguien. Asimismo, ve sentido en una situación desesperada ante la que se encuentra indefenso... Lo que importa es la actitud y postura con la que se enfrenta a su destino irremediable e inmutable. Esta actitud le permite dejar constancia de algo de lo que sólo el hombre es capaz: transformar el dolor y el sufrimiento en algo positivo.

No existe ninguna situación en la vida que realmente carezca de sentido. Los aspectos aparentemente negativos de la existencia humana, en especial el dolor, la culpa y la muerte (triada trágica), pueden llegar a transformarse en algo positivo, cuando se afrontan con la postura y actitud correctas.

Para el hombre, la vida es una cadena de situaciones en las que él mismo se ve envuelto y que tiene que ir tratando de dominar de un modo o de otro, según los casos y situaciones... con un sentido determinado que le reclama y concierne a él solo. Esa comprensión primordial de sí mismo, le dice que ha de procurar, por todos los medios a su alcance, ir en busca de ese sentido y encontrarlo.

Dr. Ernesto Rage Atala
Socio Fundador de SMAEL S.C.
Director Académico de SMAEL (1989)
Licenciado en Derecho
Lic. En Filosofía
Lic. En Teología
Mtría y Doctorado En Orientación y Desarrollo Humano (UIA)
Doctorado en Psicología. (UIA)

 

BIBLIOGRAFÍA

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Autor: 
Ernesto Rage Atala