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Los valores de actitud de la logoterapia ante una enfermedad como la fibromialgia

INTRODUCCIÓN

El presente trabajo de investigación tiene por objeto sustentar si los valores de actitud de la logoterapia aportan una reflexión en la experiencia de una enfermedad como la fibromialgia, la cual será definida ampliamente, de manera teórica, en el primer capítulo.

El trabajar con mi propia enfermedad, tanto antes como ahora, me brindó cuantiosas herramientas para poder afrontar las dificultades de mi experiencia, ya que implicó, no sólo de un trabajo personal muy profundo y de contactarme con la realidad, sino también, de un apoyo terapéutico lleno de dedicación y compromiso, hasta lograr la aceptación de este padecimiento tan desgastante, como es la fibromialgia.

En primera instancia, las razones que me motivaron a la realización de este tema estuvieron dadas desde mi interés y necesidad de compartir con otras personas, quizá en situaciones similares, como la de la enfermedad de la fibromialgia, mi experiencia frente al sufrimiento y al vacío, en esta difícil vivencia de la propia existencia, en donde los valores de actitud fueron los que surgieron en mi como una capacidad extraordinaria ante el dilema existencial por el que estaba pasando (ya que tocó directamente la peor crisis de mi vida).

Quise sustentar en este estudio que dichos valores fueron los que me dieron la oportunidad para poder continuar mi camino con una nueva postura llena de fortaleza y esperanza, desde esa parte espiritual inconsciente que todos los seres humanos poseemos.

Este ensayo, además de ser parte del proceso de titulación de la especialidad en logoterapia, ante la Sociedad Mexicana de Análisis Existencial y Logoterapia (SMAEL), es una búsqueda, una exploración hacia los valores de actitud, llamados así por el Dr. Víktor Frankl, (neurólogo-psiquiatra austriaco y fundador de la logoterapia), los cuales forman parte de la triada trágica y que se convirtieron para mi, en vías hacia un encuentro y realización con el sentido.

Cabe mencionar que el proceso para poder lograr un sentido y vivir una vida llena de significado, no es fácil: es un camino largo y doloroso, ya que requiere de recursos individuales sólidos para poder confrontarnos, tanto con nosotros mismos, como con la realidad.

Recuerdo que cuando al buscar ayuda en la logoterapia, me dijeron que detrás de lo que yo estaba viviendo, había un sentido, una ganancia, quizá….. ¡Qué absurdo!, pensé. Quien iba a decir que después de este arduo recorrido finalmente lo puedo constatar y reafirmar por medio de este estudio.

La metodología en que me apoyé fue la cualitativa, tomando como herramienta mi testimonio de vida como prueba existencial, de igual manera tomé datos descriptivos, palabras y conductas, que desde un análisis profundo, me llevaron a descubrir un mundo diferente: un nuevo estilo de vida.

La investigación consta de varios capítulos, en los cuales iban surgiendo conceptos que, a pesar de no ser el objeto de estudio, los menciono, ya que los consideré de gran importancia dentro del proceso de indagación y que serán abordados también desde la logoterapia. La parte correspondiente al análisis de la herramienta lo llevé a cabo con base en mi testimonio, ya que todas esas consideraciones, al ser parte de mi existencia, me ayudaron a la realización de los valores de actitud ante mi enfermedad.

Para finalizar presento los capítulos correspondientes a los resultados y conclusiones de la misma.

JUSTIFICACIÓN

Me parece importante afirmar que en un principio decidí hacer esta investigación para dejar constancia de algo que para mí era una necesidad y era la de que me comprendieran por lo que yo estaba pasando en ese momento de mi vida, yo sentía que me ignoraban, incluso el personal médico de aquel entonces, porque en realidad había muy poca información acerca de la enfermedad.

Es tremendamente doloroso tener que vivir con un dolor, valga la redundancia, generalizado a todo el cuerpo, aunado a la misma incomprensión de las personas, incluidos mis seres queridos.

El fruto que yo espero, con este testimonio de vida, que dejó una huella imperecedera en mi vida, en donde a pesar del dolor hay satisfacción y aprendizaje también, es que este trabajo llegue a personas que sufren la misma condición que yo o algunos de sus familiares para que se vean beneficiados con lo que en él aparece.

PLANTEAMIENTO DEL PROBLEMA

¿Pueden los valores de actitud de la logoterapia aportar una reflexión en la experiencia de una enfermedad como la fibromialgia?

OBJETIVO GENERAL

Sustentar si los valores de actitud de la logoterapia aportan una reflexión en la experiencia de una enfermedad como la fibromialgia.

OBJETIVOS ESPECÍFICOS

  1. Elaborar un escrito sobre el tema de la fibromialgia.
  2. Elaborar un escrito sobre pérdidas y proceso de duelo.
  3. Elaborar un escrito acerca de los valores de actitud de la logoterapia.

CAPÍTULO UNO

FIBROMIALGIA

Historia de la fibromialgia:

Según indagaciones hechas por el Dr. García y publicadas en su libro: “Abriendo Camino” (2006), en el siglo XVIII se decretó que el reumatismo no era una sola enfermedad y que el dolor en los músculos se debía a la presencia de varios padecimientos. A los reumáticos, que causaban inflamación de las articulaciones, se les llamó artritis, como: la artritis reumatoide, fiebre reumática y la gota.

En el siglo XIX se descubrió un reumatismo muscular (no deformante), que manifestaba dolor debido a una hipersensibilidad en los tejidos fibrosos de los músculos y que al presionar estas zonas, el dolor se extendía.

“Pero los verdaderos antecedentes referenciados de la Fibromialgia en la literatura médica nos llevan a principios ya del siglo XX, en concreto a 1904, cuando Sir William R. Gowers se refiere a la fibrositis en un escrito suyo sobre el lumbago publicado en el British Medical Journal. En aquel momento, este prestigioso neurólogo asociaba formas de lumbago a dolores en los brazos y defendía que eran debidos a “inflamación del tejido fibroso del músculo”. (García, 2006:28).

En el mismo año (1904), Stockman (Edimburgo, Escocia) publicaba el dibujo de “nódulos fibrosíticos” en siete biopsias realizadas a un grupo de enfermos con rigidez y un “movimiento muscular doloroso”. Estos nódulos, que según el autor demostraban un “bajo grado de inflamación”, se debían, según afirmaba, a “pequeñas colonias de microbios” y pensó que había encontrado “la entidad patológica de la fibrositis”. (García, 2006:28).

A pesar de estas hipótesis, continúa García (2006), trabajos posteriores de Abel, Sibert y Earp (Missouri, 1939) y Collins y Slocumb de la Clínica Mayo (1940), no consiguieron reproducir los hallazgos de inflamación ni de infección en series amplias de cultivos. Pese a estas publicaciones ya históricas, el término fibrositis no se populariza hasta que Llewellyn y Jones publican su tratado “Fibrositis” (Inglaterra, 1915), en el que ya se debatían conceptos que son de plena actualidad, como la impresión de empeoramiento con los cambios climáticos y el sobre- esfuerzo, y proponían un curioso tratamiento basado en sobrecalentar el cuerpo con la excepción de la cabeza mediante un cilindro de metal.

Los autores mantenían la definición de fibrositis como “un cambio inflamatorio del tejido fibroso intersticial del músculo estriado”, García (2006:29). Esta versión “inflamatoria” de la causa no variará hasta que en 1944, Elliott publica en Lancet, una de las revistas médicas más reconocidas, que dichos nódulos fibrosíticos se deben a espasmos localizados de los músculos que pueden detectarse mediante estudios electromiográficos.

Esta hipótesis parecía estar apoyada además por la publicación posterior del Dr. Michael Kelly, un reumatólogo australiano que informa del alivio sintomático de entre un 30% y un 40% de los enfermos con la infiltración de procaína (una sustancia de propiedades anestésicas) en los puntos dolorosos.

En 1943, de nuevo el Dr. Slocumb, publicaba un artículo en el que afirmaba que “la fibrositis es la forma más frecuente de reumatismo agudo y crónico” García (2006:29), y comenzaba a ofrecer datos del impacto económico y social de esta enfermedad. Ya en aquella fecha documentó que cerca del 60% de las incapacidades laborales en el Reino Unido se debían a fibrositis. Cuatro años antes de esta publicación, el Dr. Copeman se refería a la fibrositis como “una causa frecuente de incapacidad en el ejército británico,” y al carecer de la valoración exacta, los diagnosticaron como un reumatismo psicógeno.

El australiano Dr. Michael Kelly, basado más que en su propia experiencia en observaciones clínicas de J.H. Kellgren y Sir Thomas Lewis, defendía un enfoque neurológico de la fibrositis y en 1946 mereció el premio de la Harveian Society of London por su trabajo titulado “The Pathology and Treatment of Fibrositis”. En su trabajo, Kelly apoyaba la existencia de unos “puntos sensibles” que a partir de ese momento constituyeron el eje central del diagnóstico y del debate sobre la fibrositis.

La dificultad de establecer unas bases físicas para la fibrositis favoreció que, en 1947, el Dr. Edward Boland y el coronel William Corr, ambos oficiales del ejército, colaborasen en un trabajo que lanzó la idea de que la fibrositis no era más que un reumatismo psicogénico, García (2006). Esta afirmación, carente de base científica, ha permanecido en la mente de muchos profesionales de la medicina hasta la actualidad.

Posteriormente, menciona García (2006), ya en 1968, Kraft, Johnson y LaBan publicaron una primera propuesta de criterios diagnósticos que incluía la presencia de puntos sensibles en los músculos, dermatografía y una reducción del dolor mediante el enfriamiento con cloruro de etilo.

Pero no fue hasta la década de los setenta, cuando comenzó el conocimiento de lo que es la fibromialgia como tal, cambiando el término de fibrositis por fibromialgia (dolor en músculos y tejido fibrosos), sin embargo, no podían definirla con certeza para diferenciarla de otros padecimientos reumáticos.

Fue un grupo de expertos de Estados Unidos y Canadá, del Colegio Americano de Reumatología, los que, en 1990, hicieron un adelanto importante con respecto a los criterios de clasificación de la fibromialgia, al recabar información detallada y precisa de las alteraciones que presentaban varios pacientes con este padecimiento, comparándolas con otros que sufrían de enfermedades reumáticas, logrando establecer así la diferencia.

Fueron dos características principales las que la definieron: dolor difuso crónico en los cuatro cuadrantes del cuerpo y sensibilidad exagerada a la palpación en los sitios específicos. (García, 2006). “La Organización Mundial de la Salud (World Health Organization) reconoció la Fibromialgia en 1992 y en su décima revisión de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE), le asignó el código M 79.7 dentro de los reumatismos no articulares. También ha sido reconocida en 1994 por la Asociación Internacional para el Estudio del Dolor (IASP) y clasificada con el código x33 x8a. Ninguna organización médica ha cuestionado la existencia del síndrome”. (García, 2006:32).

Definición de la fibromialgia:

De acuerdo con el Dr. Manuel Martínez Lavín, quien dirige el Departamento de Reumatología del Instituto Nacional de Cardiología en México, define a la FIBROMILAGIA (FM) como un padecimiento muy común que afecta entre el 2 y el 4% de la población en general, siendo la mayoría mujeres, llamándolo: “la epidemia dolorosa del siglo XXI”. (Martínez, 2008:11).

Por otra parte, el Dr. García (2006:35), refiere a que la edad promedio en el momento inicial de su aparición varía entre los 45 y 55 años, dependiendo de la población estudiada. “Si en los adultos la Fibromialgia es una entidad poco reconocida, en los niños es la gran desconocida”, siendo una causa importante de absentismo escolar. “En 1985, Yunus y Masi describieron la Fibromialgia juvenil que se presenta en edades entre los 9 y 17 años, con una franja de máxima presentación entre los 13 y 15. Datos de Buskila y cols. de 1993, indican una prevalencia del 6,2 % y a diferencia de los adultos, la proporción niña / niño era sólo de 2 a 1”.

Siguiendo el mismo orden de ideas del Dr. Martínez Lavín (www.martinez-lavin.com/FibromyalgiaEs.htm#ligas, 2009), la Fibromialgia es un síndrome, o conjunto de síntomas, que se presentan juntos y que tienen una misma causa subyacente, que afecta tendones, ligamentos y fibras musculares de todo el cuerpo (fibro: fibra, mios: músculos, algia: dolor) y se manifiesta por:

  • • Dolor muscular generalizado y crónico.
  • Fatiga extrema que no mejora con el reposo.
  • Trastornos del sueño.
  • Palpitaciones en la zona del corazón.
  • Dolor de cabeza.
  • Crispamiento constante de la mandíbula durante la noche.
  • Adormecimiento de brazos y piernas.
  • Cólicos abdominales, intestino irritable.
  • Molestias para orinar.
  • Ansiedad y sequedad de ojos y boca.
  • Ansiedad y depresión.
  • Hipersensibilidad a la presión en puntos bien definidos del cuello y de la parte baja de la espalda.
  • En ocasiones las personas se sienten ofuscadas, con dificultad para concentrarse y para tener un pensamiento claro (niebla mental).

Causas de la fibromialgia:

Regresando al Dr. García (2006), los primeros estudios científicos acerca del desarrollo de este padecimiento fueron llevados a cabo por los investigadores canadienses Harvey Moldofsky y Hugo Smythe, mostrando alteraciones en los estudios de electroencefalogramas aplicados a los pacientes cuando estaban durmiendo, presentando una intrusión de las ondas alfa (estado de alerta) en los periodos de ondas delta (sueño profundo), teniendo como resultado un sueño no reparador, y por consiguiente, la manifestación de la fibromialgia.

Los pacientes con FM tienen con más frecuencia una variación genética asociada a una enzima que no depura la adrenalina de manera efectiva. De acuerdo a esto, puede haber una predisposición genética y afectar a varios miembros de la familia. El padecimiento puede ser desencadenado por un traumatismo físico: como puede ser un esfuerzo físico o emocional constante y extenuante, deportes competitivos o severas presiones laborales, o psicológico: como abusos sexuales, la muerte de un ser querido, un divorcio, etc., o por algunas infecciones: como la enfermedad de Lyme, producida por una bacteria llamada espiroqueta, entre otros. (García, 2006).

En la FM se encuentra alterado nuestro “sistema nervioso autónomo”, para acomodarse a un medio ambiente hostil. El sistema nervioso autónomo es una intrincada red nerviosa que está encargada de mantener el equilibrio funcional de nuestro organismo sin que nos demos cuenta de ello. Mantiene la presión arterial, la frecuencia del pulso y de la respiración, así como del funcionamiento normal de todos los órganos internos. Responde al estrés, o sea, a cualquier estímulo físico o emocional que intente alterar el equilibrio de nuestro organismo, y trabaja en relación estrecha con el sistema endocrinológico encargado de la producción de hormonas.

Se ha visto que en la FM existen alteraciones (disminución) en la producción de “cortisol” (hormona secretada por las glándulas suprarrenales) que proporciona energía y poder responder al estrés. Otra hormona alterada es la del crecimiento (que produce la glándula pituitaria), teniendo como consecuencia el no desarrollo apropiado en el adolescente, así como el de proteger la masa muscular. Al mismo tiempo, se han encontrado irregularidades en algunos neurotransmisores (sustancias que transmiten impulsos nerviosos como corrientes eléctricas a lo largo de las fibras nerviosas), que permiten la comunicación de diferentes fibras (sinapsis), como la disminución de la serotonina, útil para mejorar el estado de ánimo de las personas.

Hasta hace pocos años el funcionamiento del sistema nervioso autónomo era difícil de medir, la situación ha cambiado radicalmente con la llegada de un nuevo método basado en cálculos computacionales denominado: “análisis de la variabilidad del ritmo cardiaco.” (García, 2006:55).

Acerca del dolor crónico:

En ocasiones, algunos investigadores se han preguntado si el dolor en este padecimiento es real o imaginario, ya que no hay evidencia de daño en los sitios donde se encuentra el dolor, así como del resultado normal en los análisis de laboratorio, pero las últimas investigaciones han aportado evidencias convincentes de que el dolor “es real”, y cuando el dolor deja de ser útil para el individuo que lo está experimentando y se vuelve crónico, se convierte en enfermedad, García (2006:25), donde señala que “la Fibromialgia es una enfermedad crónica frecuente que se caracteriza por una historia prolongada de dolor generalizado, muchas veces intenso, percibido de forma predominante en los músculos y que en la exploración se manifiesta por dolor a la palpación de unos puntos sensibles característicos”.

En esencia, es una percepción dolorosa inusual y crónica para la que no se ha encontrado, hasta el momento, ninguna alteración orgánica que la justifique plenamente. Según la definición de la Asociación Internacional para el Estudio del Dolor, el dolor es: “una sensación desagradable acompañada por una emoción, que se percibe como un daño a nuestro cuerpo”, García (2006:25). Como vemos, es una definición que vincula a la fisiología y a la psicología. Así como el dolor agudo tiene una efectiva y clara finalidad de ponernos en alerta, el dolor crónico es muy diferente, pues ya ha perdido esta finalidad y se convierte en una enfermedad por sí mismo, como se afirmó anteriormente. “El dolor crónico no es “un dolor agudo prolongado”, sino que los mecanismos y vías que intervienen en su mantenimiento son diferentes a las del dolor agudo”.

Retomando al Dr. Martínez (2008), la esencia de la enfermedad es la disfunción, dejando claro que un daño orgánico sin disfunción no es enfermedad, por consiguiente: disfunción, con o sin daño orgánico, sí es enfermedad.

El dolor fibromiálgico es un dolor neuropático, entendiendo por esto que el problema fundamental está en los nervios transmisores del dolor. Dicho dolor se acompaña de sensaciones anormales, como: quemazón, hormigueo, choques eléctricos y molestia al usar ropa apretada.

Las molestias de la fibromialgia que pueden llegar a ser dramáticas, Martínez (2008), contrastan con la normalidad de los diversos análisis de laboratorio, ya que todos los resultados son normales, dando lugar a que estos pacientes sean señalados como hipocondríacos o histéricos, o lo que es peor, pueden ser sometidos a cirugías innecesarias por médicos que desconocen la existencia de este síndrome.

En cuestión del dolor generalizado en músculos y articulaciones, según el portal de Internet: (www.martinez-lavin.com/FibromyalgiaEs.htm#ligas, 2009), la FM se puede confundir con otros padecimientos reumáticos como son: la artritis reumatoide, lupus eritematoso, la espondilitis anquilosante, o la polimialgia reumática, entre otros.

El dolor intenso y la hipersensibilidad a la palpación (cuyo término médico es alodinia), son provocados por el mecanismo denominado dolor mantenido por el sistema simpático.

Después de un evento disparador, como puede ser un trauma físico, emocional, o infeccioso (como se mencionó anteriormente), puede desatarse, en ciertos individuos susceptibles, una incesante hiperactividad simpática que induce a una excesiva producción de norepinefrina (también llamada noradrenalina o adrenalina, que acelera las funciones del organismo). Esta sustancia es capaz de sensibilizar a los receptores primarios del dolor, tanto centrales como periféricos, y así inducir dolor e hipersensibilidad generalizados.

Con la ayuda de una nueva tecnología llamada SPECT (tomografía computarizada mediante protones), Martínez (2008), mostró que los pacientes con FM tienen disminuido el flujo sanguíneo del cerebro, especialmente en el tálamo (centro que inhibe las sensaciones dolorosas y que regula la función del sistema nervioso autónomo), comprobando así, que los centros de dolor se activan a pesar de ser estímulos inofensivos.

"Cuando el dolor es insoportable, nos destruye;
cuando no nos destruye,
es que no es insoportable”.

Marco Aurelio, emperador y filósofo romano.

La importancia del diagnóstico precoz:

Por otra parte, el Dr. García (2006:49), nos habla acerca de la importancia del diagnóstico precoz, considerándolo como un trabajo ya clásico en la materia del Dr. D.L. Goldenberg, en donde indicaba que “los enfermos diagnosticados con Fibromialgia que recibían una información correcta y se trataban adecuadamente conseguían, en un 50% de los casos, eliminar en dos años la toma de medicación y hacer una vida compatible con la normalidad”.

Esta afirmación debería llamarnos a la reflexión, pues contrasta radicalmente con la masiva experiencia sobre la enfermedad. La Fibromialgia o entidades afines en familiares cercanos, así como la detección de perfiles genéticos característicos y de expresiones fenotípicas claras, debería alertar sobre la posibilidad de desarrollo de un trastorno de dolor crónico y definir una estrategia precoz y en ocasiones agresiva de tratamiento.

“Recientes trabajos de Granada, Dra. Ubago Linares y cols., 2004, nos indican que la media entre el inicio detectable de síntomas por parte del enfermo y su diagnóstico era de 9,2 años”, García (2006:50), ya que se considera un tiempo excesivo y limita grandemente las posibilidades de una terapia efectiva. Dicha demora lleva a que médicos de diferentes especialidades realicen innumerables pruebas que no se justifican, causándole al paciente procesos psicosomáticos, los cuales confundirían el diagnóstico final, así como el tratamiento.

Los planes de salud pública en los países occidentales, en los casos de Fibromialgia, son orientados hacia un diagnóstico y seguimiento, facilitando así su inmediata detección por los médicos de asistencia primaria, sin embargo, los planes universitarios de estudio de medicina actuales no contemplan más de una hora dedicada a la Fibromialgia durante toda la carrera, y en algunas facultades sólo es una materia de autoaprendizaje.

Estudios recientes, 2005, realizados en países como Francia, confirman que, “pese a las campañas informativas de las autoridades sanitarias, sólo un 33 % de médicos de asistencia primaria consideran la Fibromialgia como una entidad clínica”. (García, 2006:51).

Tratamiento:

El Dr. Martínez (2008) refiere al modelo médico vigente como linear y reduccionista, ya que aún existen varios profesionales que no saben distinguir la Fibromialgia de las enfermedades psicosomáticas.

El tratamiento de la fibromialgia es “holista”. El reconocimiento de la disfunción autónoma en la FM obliga a un abordaje integral, tal como lo menciona también el Dr. García (2006). Un correcto diagnóstico es de gran ayuda, ya que los pacientes al encontrar una explicación lógica a sus dolores y molestias, sienten un gran alivio y se liberan de estar en una constante búsqueda de respuestas y de costosos estudios diagnósticos.

El proceso varía de paciente a paciente, por lo tanto, debe ser individualizado y supervisado por el médico, mediante un enfoque multidisciplinario para poder tener éxito, tratando de evitar el uso excesivo de medicamentos.

Los pacientes deben entender que no existe una “píldora mágica” para curar todas sus molestias. Sin embargo, la utilización juiciosa de los medicamentos que modulan al sistema nervioso autónomo y el sueño mejoran parcialmente las molestias. El síntoma primordial de la FM, el dolor generalizado, debe ser tratado con analgésicos de acción central. Los anti-inflamatorios tienen poco efecto benéfico.

El ejercicio aeróbico medido ha probado ser efectivo en la mejoría del balance autónomo. Lo mismo se puede decir de las terapias de relajación mente-cuerpo, como yoga o Tai Chi. Tratar de evitar la nicotina y la ingesta de cafeína, como los refrescos de cola, ya que tienen efectos parecidos a la adrenalina. Se recomienda tomar agua mineral para ayudar contra los síntomas de fatiga, mareo y desmayos, relacionados con la presión arterial baja.

Hay que explicarle al paciente que no se trata de una enfermedad grave o degenerativa y que no empeora con la edad, que se hagan conscientes de que al ser una alteración nerviosa, el disminuir la angustia y la ansiedad ayuda en todos los casos.

Es de vital importancia estar alerta ante los sujetos que prometen la “cura total”, el remedio milagroso para sus múltiples padecimientos, ya que en la mayoría de los casos ni siquiera tienen estudios en medicina y mucho menos bases científicas para poder sustentarlo, y se valen de la desesperación, ingenuidad y vulnerabilidad de la gente que espera que le solucionen su problema. El mejor recurso contra esto es la información, ya que una persona informada hará una valoración profunda de estos pseudo-tratamientos y exigirá conocer sus fundamentos.

En conclusión, termina Martínez (2008), hay razón para el optimismo, ya que todo se hará posible con la unión entre pacientes, investigadores y autoridades sanitarias. El misterio de la fibromialgia está en proceso de resolución, ya que en la actualidad están en investigación tratamientos más efectivos dirigidos hacia horizontes de mayor consciencia que ayudarán al paciente a tener una mejor calidad de vida.

El conocimiento científico finalmente se impondrá sobre paradigmas clínicos anquilosados para este padecimiento tan desgastante, tanto para los pacientes, como para sus familiares.

CAPÍTULO DOS

PÉRDIDAS Y PROCESO DE DUELO

Judith Viorst nos dice en su libro El precio de la vida, (1990:251): “las pérdidas son una condición humana de toda la vida. Vivimos a través de la pérdida, del abandonar y del dejar partir a los otros.” Las pérdidas son el precio que pagamos por vivir, pero al mismo tiempo, forman parte de nuestro crecimiento y beneficios al renunciar una y otra vez a lo que más queremos, ya que al enfrentarlas logramos transformaciones creativas.

Debido a que la muerte forma parte de la vida, en ocasiones renunciamos a aspectos de la existencia al tratar de evitar las ideas sobre la muerte. El concepto de que algún día moriremos inevitablemente puede enriquecer nuestro sentido del presente. (Viorst, 1990).

"La vida sin la muerte
no tiene sentido."

John A. Wheeler

Vemos cómo se entrelazan nuestras pérdidas y nuestros beneficios, por lo tanto, hay que renunciar, a partir y a dejar ir a los demás, para poder desarrollarnos y lograr ser personas responsables, individualizadas, en relación con el mundo. (Viorst, 1990).

Sólo nosotros podemos responsabilizarnos de nuestra pena y recuperación y decidir si dicha pérdida será una oportunidad de crecimiento, ya que siempre formará parte de nuestra historia. Es imposible elegir lo que nos va a suceder, continúa Viorst (1990), lo que sí se puede es elegir las respuestas que vamos a dar ante tales circunstancias.

Rittner (2008:32) sostiene que: “para aquellos que aman, siempre es demasiado pronto para dejar ir, para decir adiós, para decir que esta vida ha terminado, y no hay más”, sin embargo, hay que aprender a soltar, ya que sin aceptación no se puede seguir adelante.

Hay quienes dicen que el tiempo cura todo, pero más bien no es el tiempo el que cura, es lo que hacemos con nuestro tiempo, ya que en la mayoría de los casos nos quedamos atrapados en el enojo y en la culpa, en recriminar o recriminarnos por dicha pérdida, en lugar de examinar nuestros sentimientos y llenarnos con amor y fortaleza para poder elaborar el duelo.

En este camino nunca estamos solos y es de primordial importancia recurrir con amigos compasivos o miembros de nuestra familia que estén dispuestos a escucharnos y comprendernos, a sacar con ellos el dolor, ya que es necesario dejar salir nuestras emociones, llorar, externar lo malo y lo bueno hasta encontrar la ternura de lo bueno, “y que sean ese sentimiento y ese recuerdo, que esa sabiduría que nos da el haber aprendido a dejar ir, lo que nos dé la fuerza de continuar y realizar nuestra propia vida”, Rittner (2008:61). Es un proceso lento, pero superable. Aprender a vivir en un mundo diferente donde los recuerdos de nuestros seres queridos se convierten en una fuente de esperanza y crecimiento.

Jorge Bucay nos dice en su libro: “El camino de las Lágrimas” (2008), que las pérdidas en cada uno de los seres humanos son únicas y que la forma de afrontarlas en cada caso es irrepetible, por lo tanto, la posibilidad de encontrar una forma de expresión de sus emociones, así como de sus vivencias internas, ayudarán en el alivio a quienes transitan por este camino del dolor.

Qué es una pérdida:

El origen de la palabra pérdida, según el diccionario etimológico, tal y como lo refiere Bucay (2008:48), “proviene de la unión del prefijo per, que quiere decir al extremo, superlativamente, por completo; y de der, que es un antecesor de nuestro verbo dar”.

Tomando en consideración la etimología, la pérdida se asocia con el hecho de haber dado, o quizá de haberse dado, por completo, de haber entregado todo a alguien o a algo que ya no está. Sin embargo, diferencia Bucay (2008), cuando uno da el corazón, no siente la pérdida, lo perdido sería lo que la vida se lleva, ya que la pérdida tiene que ver con lo que se ha quedado afuera, con lo que uno no hubiera querido que se llevara, ya que uno nunca desearía desprenderse de nada, y de lo que ahora se tiene que renunciar de manera forzada, ya que no depende de su decisión.

Por consiguiente, la palabra pérdida, habla de la imposición de la vida que obliga a los seres humanos a conceder mucho más de lo que estarían dispuestos a dar.

Cada persona, tarde o temprano, le guste o no, será abandonada inevitablemente por otras personas, por otras cosas, por otras situaciones, por otras etapas…. o en otra orden de ideas, quizá esa persona muera antes de que la dejen y entonces tendría que aceptar que todo seguiría sin ella, que sería ella la que abandone.

Sin embargo, a pesar de esas pérdidas, hay situaciones que se transforman, vínculos que cambian, etapas que quedan atrás, momentos que se terminan y todo ello es una oportunidad para crecer, para que surja algo nuevo. “Nadie crece sin tener conciencia de algo que ya no es”. (Bucay, 2008:74).

Considerando lo anterior, Bucay (2008) explica cómo podríamos disfrutar de algo si siempre estuviéramos cuidando que no nos lo arrebaten. Primero, tendríamos que darnos cuenta de que se acabará el placer, de que ya no lo voy a poseer, aunque trate de evitarlo, y segundo, de que aparecerá el dolor, porque cuando tratamos de que las cosas no sucedan, siempre surgirá el dolor; y finalmente, de no vincularse con el atrapar, el controlar o retener, de no aferrarse a lo que no está, en un genuino encuentro con el otro, desde el corazón, que solamente puede ser disfrutado en libertad, con decisión, compromiso y aceptación. Vivir en el presente y no en el pasado, disfrutar y no pensar en el futuro, ya que será en el mañana cuando asuma el compromiso de lo que en ese momento esté pasando.

Todos los seres humanos tenemos la tendencia a apegarnos a las cosas, a otras personas o a las vivencias, desde la convicción de que esto es lo único que nos puede salvar, y aunque estamos conscientes de que al permanecer así nos significará la muerte, de todas maneras “seguimos anclados a lo que ya no sirve, a lo que ya no está”, por el miedo de soltarlo, de dejarlo ir. (Bucay, 2008:60).

Es necesario aprender a enfrentarnos con las pérdidas de manera diferente, desde otro lugar, no sólo desde el dolor, sino que después de haber pasado por el duelo y habernos animado a soltar, es el vernos enriquecidos y valorar esa experiencia vivida, es vernos beneficiados como consecuencia del proceso, y no de la pérdida misma.

“No hay pérdida que no implique una ganancia
y no hay pérdida que no provoque necesariamente
un crecimiento personal”.

Jorge Bucay, (2008:61).

Proceso de duelo:

Según el Dr. Robert Kavanaugh, en su libro La muerte encubierta (1972), identifica siete etapas por las que se atraviesa en el proceso de duelo o pérdidas de algo o alguien querido, que van más allá de nosotros y nos modifican de alguna manera, ya que, como nos dice Bucay (2008:51): “cada pérdida, por tan pequeña que sea, implica la necesidad de hacer una elaboración”. Estar de duelo no significa estar enfermo, sino todo lo contrario, es una garantía para el desarrollo, el crecimiento y la salud personal. Es el poder seguir adelante por nuestro camino para poder superar esa ausencia.

A lo largo de nuestra vida, continúa Kavanaugh (1972), experimentamos distintas pérdidas de cosas, personas o situaciones a las que estamos emocionalmente vinculados, que desencadena lo que se conoce como proceso de duelo. Éste puede iniciarse por múltiples y variadas razones, como la pérdida de un trabajo, el incendio de una casa, el divorcio o la separación de la pareja, o bien la muerte de un ser querido, al cual se refiere específicamente este artículo.

Luto o sentimiento de pérdida son términos que suelen utilizarse de forma relacionada al duelo. En ese sentido, cabe aclarar que el sentimiento de pérdida se relaciona con el estado de sentirse privado de algún ser querido que ha fallecido, mientras que el luto es el proceso que nos permite la resolución del duelo. (Kavanaugh, 1972).

El duelo se inicia inmediatamente después, o en los meses siguientes a la muerte de un ser querido y está limitado a un período de tiempo que varía de persona en persona, y así lo identifica también Viorst (1990:251), diciéndonos que: “el proceso por el cual elaboramos las pérdidas de nuestras vidas es el duelo”, y que el final depende de cuán preparados estamos… de nuestras fuerzas interiores.

Para Bucay (2008), el camino en un proceso de duelo es el siguiente:

  • Percibir la situación del evento: incredulidad, parálisis, negación y estado de confusión, en respuesta de defensa frente a lo terrible.
  • Conectarse con una determinada emoción: en una explosión dolorosa de regresión, como llanto explosivo, berrinche y desesperación.
  • Movilizar una energía: después de concientizar lo ocurrido viene la etapa de furia, de dolor infinito, de mucha rabia, de enojo, (con el causante de la muerte o con el muerto, por el abandono). La furia tiene como función anclar a la persona a la realidad.
  • Transformarla en una acción: culpa (por no haberlo podido salvar, por lo que no se hizo). La culpa también es un mecanismo y no dura, moviliza.
  • Contacto con el suceso concreto: desolación, tristeza, impotencia, desasosiego (de que las cosas no van a volver a ser como antes), seudoalucinaciones (en donde lo que se percibe no es, pero sin embargo, se está percibiendo, no como alucinación, sino como una trampa mental).
  • Que la situación se agote: empezar a hacer acciones dedicadas a esa persona, con fecundidad, o sea, con consciencia de que han sido inspiradas por el vínculo que tuvieron; a transformar una energía ligada al dolor en una acción constructiva.
  • Que vuelva al reposo: al darse cuenta que no había nada que hacer para cambiar lo sucedido, finalmente se llega a la aceptación, que equivale a la cicatrización, en donde algo de esa persona prevaleció y se interioriza, manteniéndola viva. Se acepta la posibilidad de seguir adelante, en donde se supera, pero no se olvida. (Bucay, 2008).

Si bien no hay un período de tiempo normal en el cual se debe superar el duelo, afirma Kavanaugh (1972), en la mayoría de los casos el proceso dura entre seis meses y un año. Sin embargo, la mayoría de los expertos coinciden en que generalmente luego de dos meses del fallecimiento, los signos y síntomas más agudos, como el ciclo del sueño y el apetito, empiezan a perder fuerza, lo que permite a las personas adaptarse a su ritmo de vida.

Kavanaugh (1972) cita a Geoffrey Gorer, quien en su estudio titulado: Muerte, Tristeza y Lamentación (1965), dice que las personas que no se ajustaron al proceso de pérdida, encontró que 8 de cada 10 de ellas presentaron síntomas de llanto compulsivo, perturbación del sueño, dificultades en la concentración mental y hasta falta de apetito. Asimismo, menciona que gran parte de estos sujetos se volvieron dependientes de las drogas, medicamentos y doctores.

Las siete etapas por las que se atraviesa en un proceso de duelo, con la intención de que la persona doliente logre su liberación hacia un camino de realización, según el Dr. Robert Kavanaugh, tal y como aparecen en el portal de Internet: (http://rosario.catholic.net/foros/read.php?f=14&i=364&t=364, Oct. 14, 2003), son:

  1. El impacto emocional
  2. La desorganización de sí mismo
  3. El sentimiento de coraje
  4. El sentimiento de culpa
  5. La aceptación de la pérdida o experiencia de soledad
  6. El alivio
  7. El restablecimiento de sí mismo

Estas facetas se mencionan en este orden, pero no significa que deban presentarse así, en ocasiones se dan empalmadas, se duplican; cuando se llega a alguna de ellas, a veces se vuelven a regresar a otra, en fin, cabe mencionar que la persona cuando no logra elaborar su proceso de duelo se queda atorada, “empantanada”, en alguna de las etapas y presenta síntomas como:

  • Un ocupacionismo sin medida.
  • La glorificación de la persona ida.
  • Fácil presa de la desesperación, la cual es la puerta hacia una depresión.

Como se sabe la depresión puede terminar en suicidio, ya sea psíquico o, en algunos casos, físico.

1ª ETAPA: EL IMPACTO EMOCIONAL

El impacto emocional se presenta cuando algún ser querido y próximo fallece, o sufre de una enfermedad terminal, o cuando se rompen relaciones amistosas o amorosas, o por la pérdida de algo significativo.

También se da de igual manera cuando es la persona misma la que se entera que posee una enfermedad incurable, que ha perdido la salud; o cuando se da cuenta que esa pérdida ha quedado atrás en sus vidas, por ejemplo, el comienzo de la tercera edad, o cuando pierde su belleza física, dando como resultado el impacto emocional.

Cuando se presentan circunstancias, como las anteriormente mencionadas, “la mente bloquea la realidad de lo que no sabe sobre el caso, como si el dato recibido no estuviera computado en nuestro programa mental y por eso la persona niega la realidad”. Esto es como si se tratara de un mecanismo de defensa inconsciente, que le da a la persona una esperanza de estar equivocado, en donde el no puede ser……. en realidad es.

La presencia del impacto emocional produce que este mecanismo de defensa sea, tanto una negación mental, como una acción afirmativa, llevando a la persona a un entumecimiento emocional, en donde se encuentran tan agotados y desgastados, que son incapaces de sentir nada.

En las personas extrovertidas, el impacto emocional se manifiesta como un comportamiento trágico, con síntomas como: explosiones histéricas, llanto, golpes, arrojando objetos, etc., en cuanto que en las introvertidas, por el contrario, la persona se aísla y no desea ver ni hablar con nadie.

2a ETAPA: LA DESORGANIZACIÓN DE SÍ MISMO

Cuando se entra en esta etapa, la persona puede llegar a decir: ¡es que no sé qué hacer!, percibiendo así, una falta de claridad, distorsionando el mundo que la rodea y sus emociones no responden a su voluntad: a veces expresándose con llanto, sin coherencia y desconsolablemente; en otras, hablando sin control, diciendo ¡no sé…. no sé! o simplemente quedándose callada.

Dentro de este descontrol, decide ir a ver al médico, esperanzada, sin embargo, al minuto siguiente se desanima y no va. Después acepta descansar un poco, pero de pronto se va a arreglar situaciones pendientes.

Con este comportamiento queda claro que el doliente no se comprende a sí mismo y por consiguiente no es comprendido por los demás, o sea, que su YO al no contactarse con sus emociones, estas se expresan sin control, por lo cual no está en posibilidades de tomar decisiones importantes, por lo menos no en ese momento. Lo que sí se puede hacer, es tratar de aceptarlo tal y como se manifiesta, desde el amor, la comprensión y el aprecio.

3ª ETAPA: EL SENTIMIENTO DE CORAJE

Aquí veremos que cuando su llanto o su excesivo hablar o su mudez se van tornando en ENOJO, es que está entrando en la tercera etapa.

La persona se rebela contra todo, contra lo que tiene más próximo, contra sí mismo, ya que la herida emocional se encuentra más honda cada vez, presentándose así el coraje y el desamparo. En ocasiones agrede al ausente o se desquita hacia algún objeto querido. Se menciona un ejemplo donde un adolescente se lanzó contra su muñeco preferido, lo hizo pedazos y lo lanzó por la ventana; algunas veces maldicen a Dios y se preguntan ¿por qué…. por qué a mi?

El momento más delicado es cuando el dolor llega a uno mismo. Si el ser querido muere en un hospital, la persona maldice a los médicos haciéndolos responsables; otro caso sería: si se tratara de un secuestro y la persona no apareciera, el doliente insulta a los policías. Un empleado que fue despedido, habla horrores de su jefe, o una mujer que se enoja con su padre porque tiene una enfermedad terminal.

Los casos anteriormente mencionados ejemplifican que cuando se odia, es que el amor se encuentra herido. Por otro lado, el enojarse con facilidad es un síntoma de falta de defensa del YO, convirtiéndose así en un YO desprotegido, mientras que el enojarse en serio, el irritarse o enfurecerse, es sentir un abuso en la relación de otro, conmigo.

El enojarse por una pérdida, es la primera reacción natural ante una herida que debe ser sanada, sin embargo, nuestra cultura reprime la liberación de este coraje, considerándolo como un comportamiento prohibido, y lo único que sugiere es aguantarse sin ese sentimiento, lo cual convierte a la persona en víctima de un sistema valorativo inhumano, un rol social para el que no se está preparado.

Por tal motivo, la sociedad siempre trata de impedir que la gente se enoje y le da miedo que se expresen de esa forma, ya que la educación de alguna manera así lo ha impuesto, viéndolo como una falta de educación. Sin embargo, hoy por hoy sabemos que si ese enojo no se expresa, se transforma en una ira reprimida, en síntomas de la devaluación de uno mismo, como:

  • descuido del arreglo personal
  • indiferencia
  • ansiedad
  • hostilidad reprimida
  • pérdida de la memoria
  • falta de iniciativa

y no sólo eso, sino que aunado a esta energía envenenada, se producen reacciones físicas (somáticas), como:

  • palpitaciones
  • mareos
  • temblores
  • nerviosismo o vómitos, entre otras, considerándose como señales de que la persona no vale gran cosa.

Los profesionales de la salud concuerdan en que la presencia de úlceras o algún tipo de cáncer se deben precisamente a la expresión somática (física) de esa ira reprimida por no haber logrado procesar adecuadamente alguna pérdida, por consiguiente, es imperativo tratar de ayudar al doliente a que saque o exprese su coraje, con la ayuda de algunas técnicas psicoterapéuticas.

4ª ETAPA: EL SENTIMIENTO DE CULPA

El llegar a esta etapa quiere decir que se va dejando atrás el coraje. La persona se va dando cuenta un poco más de la realidad, se contacta con sí misma y, al hacerlo, empieza a experimentar la culpabilidad: “ese sentimiento que deriva de la conciencia de haber obrado en forma incongruente con nuestra libertad y nuestra responsabilidad”. (Guberman & Pérez, 2005:36).

El sujeto finalmente, al ya no salirse fuera de sí y contactarse con sí mismo, deja de culpar a todos y empieza a recordar con resentimiento lo que hizo o dejó de hacerle a la persona desaparecida. “Lo que pasó o no pasó, lo que se hizo o no se hizo, la persona lo va recordando desde el fondo de su emotividad herida, a donde ahora se encuentra. Por eso idealiza lo pasado. Lo recuerda desde el contexto real y doloroso en el que se encuentra y lo trae allí, colocando lo que recuerda fuera del contexto real en el que pasó y por eso se experimenta culpable: por eso se siente responsable”.

Se dice que la culpa es la sombra de la responsabilidad, y la persona, en esta etapa, se siente responsable por los asuntos incompletos o por lo errores cometidos. Está convencida que pudo haber prevenido o impedido que sucedieran los acontecimientos pasados, y repasa una y otra vez los hechos, obteniendo el mismo resultado, lamentando no haber podido hacer nada, generando así, una culpa mayor.

En este punto, la persona se encuentra con una gran necesidad de cariño, de comprensión y de aceptación; de sentirse escuchado y reconfortado, así de culpable como se siente. Una necesidad de oírle decir a alguna persona importante para ella un: ¡nadie es todopoderoso!, hay situaciones en la vida que van más allá de nuestras decisiones, y desde allí empezar su proceso del perdón: del perdonarse a sí mismo.

Este concepto del “perdonarse a sí mismo” es difícil de comprender en nuestra cultura, ya que hemos sido educados para que el perdón se lo demos a otros y que los otros sean los que nos perdonen, y por tal motivo resulta contradictorio, ya que nada se nos dice de perdonarnos a nosotros mismos. Pero, cabe señalar, que a pesar de ser ésta una conducta hacia el exterior nos impide expresar el coraje y por tal motivo nos sentimos culpables.

Lo lógico sería, que en vista de que fui yo el que me culpé, tratar de liberarme de esa culpa, aunque el otro no me perdone; y que el otro no me perdone, es SU problema, no el mío. Esto daría como resultado, que cuando yo logre perdonarme a mí mismo, pueda yo también perdonar a los demás.

Considerando lo anterior, podemos ver que al hablar del perdón, es hablar de todo un proceso de elaboración, el cual requiere de tiempo y constancia, en donde el sentimiento de culpa suele surgir de vez en vez y que es necesario recurrir a esas palabras de afecto y de comprensión para poder ir curando las heridas poco a poco.

En otras palabras: “el coraje, la culpa y el perdón no son cosas, sino relaciones, tanto con uno mismo, como con los otros; son sentimientos para con uno mismo y sentimientos para con los otros. Son manifestaciones del espíritu, y no materia manipulable. Son vivencias que nuestra cultura latina y occidental no han sabido qué hacer con ellas”.

Por consiguiente, queda claro que a medida que la persona logre aceptar plenamente su culpa, desde ese momento, comenzará a perdonarse a sí misma.

5ª ETAPA: LA ACEPTACIÓN DE LA PÉRDIDA O EXPERIENCIA DE SOLEDAD

Esta quinta fase toca el dolor sufrido, el más profundo dolor, el que finalmente se transformará en salud al logar perdonarse a sí mismo. Es darse cuenta de quién es realmente y de lo que ha perdido. Es un periodo de soledad, de incomplitud, de enfrentar el sentirse solo… completamente solo, aunque esté rodeado de todo el mundo.

Yo, sin la persona que quería.
Yo, sin la salud que antes gocé.
Yo, sin el empleo que me daba seguridad.
Yo, sin casa; o sin copas; o sin droga...

Este es un momento culminante en el proceso del duelo y se necesita de una compañía significativa y valiosa para el doliente en este momento en el que se siente tan solo y que probablemente lo esté. El darse cuenta de esto le causa angustia, ya que el impacto de la pérdida, hoy por hoy, ya es una realidad, y al mismo tiempo, también le causa un vacío…. un vacío que necesita ser llenado.

Para poder lograr lo anterior, la persona requiere de la FUERZA SUPREMA DEL ESPIRITU. Una fuerza que implica una actitud valiente para poderse enfrentar a la pérdida como tal y dejarla ir, soltarla y quedarse solo, y como se dijo anteriormente, completamente solo en el mundo.

Ahora bien, cuando esta Valentía no aparece, puede suceder alguna de estas consecuencias:

a) O se regresa a la etapa de la culpa o el enojo, estancándose,
b) o se intenta reemplazar o sustituir la pérdida: por ejemplo, una madre que busca el reemplazo de su esposo y lo hace a través de las expectativas que pone en alguno de sus hijos,
c) o también se casa, no por un nuevo amor, sino para llenar el hueco dejado por su esposo y exige inconscientemente que su nuevo cónyuge sea como su anterior esposo.

En cambio: “aceptar su soledad, experimentarse solo, darse cuenta de que solo sigue viviendo; que solo comienza a vivir y hasta mejor que antes, es haber concluido esta etapa y estar dando el salto a su alivio”.

6ª ETAPA: EL ALIVIO

El alivio es una nueva sensación que es la consecuencia de la valentía. Es darse cuenta que aunque aquella pérdida o aquel suceso, ya pasó, la persona sigue viviendo, se sigue haciendo a sí misma, sin ellos.

Es ser libre…. sentir la libertad: “esa facultad humana de determinar los propios actos, que junto con la espiritualidad y la responsabilidad, es un elemento constitutivo de la existencia humana”. (Guberman & Pérez, 2005:79).

Pero, “libre como un pájaro al que le han abierto la jaula y no acierta a volar; o como un ciego que comienza a ver y cree que está soñando; o como un niño que comienza a dar sus primeros pasos y con frecuencia se cae. La experiencia de alivio se siente al principio ambivalente y contradictoria”, tal y como señala el portal:(http://rosario.catholic.net/foros/read.php?f=14&i=364&t=364, Oct. 13, 2003).

A continuación se plantean cuestionamientos en los cuales se puede ejemplificar más esta idea, como en:

  • La posibilidad de que una persona se pueda sentir liberada, después de haber estado atada tanto tiempo al sufrimiento.
  • El pensamiento de que un hijo pudiera estar mejor muerto, que sufriendo.
  • En si un divorcio pudiera ser la oportunidad para sentirse libre e iniciar nuevas relaciones.
  • En que después de una jubilación, se puedan hacer cosas que antes no.
  • El poder sentirse más humano, a partir de la presencia de un cáncer.
  • El que antes, siendo dependiente del alcohol, no se apreciaban cosas ni situaciones que hoy, en la abstinencia, se puedan gozar contactándose con las emociones y disfrutarlas.

Lo anterior sirve para que la persona se de cuenta de cuán sumergida está en la realización de su existencia, en donde todo fluye, pasa, mientras que ella permanece; en donde aún las personas significativas que se encuentran a su alrededor participan de ese ir y venir; en donde se valora a sí misma, pero reconociendo que necesita de los demás; en donde los acontecimientos empiezan, pero que al mismo tiempo terminan, y así de esta manera, poco a poco, comienza el restablecimiento.

7a. ETAPA: EL RESTABLECIMIENTO DE SÍ MISMO

Es en este periodo donde la persona se integra nuevamente a su mundo, lentamente, apoyado de sí mismo, y experimentando nuevos sentimientos. Todas sus emociones anteriores, como el enojo, la negación, la culpabilidad y el perdonarse, se disipan y dan entrada a una nueva forma de vida llena de gozo y confianza, de fortaleza y esperanza, en donde lo pasado permanece sólo como un recuerdo, pero cada vez menos doloroso. A partir de ese momento se empiezan a hacer nuevos proyectos, ya sin el que se fue.

A manera de conclusión: “La presencia de un amigo, o de un consejero da soporte, ayuda; es un apoyo, es un punto de referencia y de contacto con mi realidad circundante, pero YO SOY EL QUE ME VOY LEVANTANDO A MÍ MISMO”. (http://rosario.catholic.net/foros/read.php?f=14&i=364&t=364, Octubre 13, 2003).

Siguiendo el mismo orden de ideas, la Dra. Elisabeth Kübler-Ross, menciona cinco diferentes etapas que pueden aplicarse al duelo, en el portal: (www.renacerbuenosaires.org.ar/proceso_del_duelo.htm, Agosto 10, 2007), como sigue:

1) Negación y aislamiento:

Es una etapa de negación que permite a la persona amortiguar el dolor y recobrarse momentáneamente de un evento inesperado y alarmante, en donde posteriormente esa actitud será sustituida por una aceptación parcial.

“La negación es un mecanismo de defensa que consiste en enfrentarse a los conflictos negando su existencia o su relación o relevancia con el sujeto. Se rechazan aquellos aspectos de la realidad que se consideran desagradables”. (http://es.wikipedia.org/wiki/Mecanismo de defensa, Marzo 9, 2010.)

2) Ira: 

“La negación es sustituida por la rabia, la envidia y el resentimiento”, y comienzan a surgir los por qué´s.

Esta es una de las facetas más difíciles de afrontar, ya que la ira transita en todas direcciones, sin consideración. Surge inconformidad y enojo por todo; se experimenta el dolor, lágrimas, culpa y vergüenza.

Ante la presencia de la ira, en ocasiones las personas que se encuentran alrededor lo toman de manera personal, y reaccionan con más ira, generando así una respuesta agresiva del doliente.

3) Pacto:

Es el tratar de llegar a un acuerdo o convenio con el fin de superar el trauma vivido, después de haber pasado por la negación de la realidad y del enojo o rabia con los demás y con Dios.

4) Depresión (del latín depressu, que significa abatido, derribado):

Es un trastorno del estado de ánimo que en términos coloquiales se presenta como un estado de abatimiento e infelicidad que puede ser transitorio o permanente. (http://es.wikipedia.org/wiki/Depresi%C3%B3n, Marzo 9, 2010).

Al haber pasado ya por todas las etapas anteriores, esta es la fase en donde la persona se debilita y se ve invadida por una profunda tristeza. Es necesaria una comunicación verbal, ya que tiene mucho para compartir, sin embargo, en ocasiones, es de más ayuda para su proceso de duelo, el permanecer a su lado en silencio, sin intervenir.

Este estado de depresión es temporal, continúa Kübler-Ross, que lleva a la persona a prepararla finalmente para la aceptación de la realidad. Durante esta etapa, el tratar de animar al doliente con palabras positivas o que trate de ver la situación de otra manera, es nocivo para el doliente, ya que son necesidades personales de los otros que no tienen nada que ver con las del que sufre.

Al hablarle de esa manera y pedirle que no esté triste, la persona puede llegar a sentir que se le está sugiriendo no pensar en la situación, que no se vale expresar su dolor, bloqueándole así la oportunidad de procesar su duelo y llegar a la aceptación final.

5) Aceptación:

Cuando la persona ya ha logrado expresar sus sentimientos: el dolor por la pérdida, la ira y la depresión, el siguiente paso se dará con más serenidad y esperanza.

El portal: (www.renacerbuenosaires.org.ar/proceso_del_duelo.htm, Marzo 9, 2010) nos define la esperanza como: “la que sostiene y da fortaleza al pensar que se puede estar mejor y se puede promover el deseo de que todo este dolor tenga algún sentido; permite poder sentir que la vida aún espera algo importante y trascendente de cada uno. Buscar y encontrar una misión que cumplir es un gran estímulo que alimenta la esperanza”.

Esto no quiere decir que la aceptación será una etapa feliz en su totalidad, más sin embargo, en este camino de recuperación, se empieza a sentir una cierta paz, ya sin la necesidad de externar su dolor y finalmente comienza a volver a vivir.

A continuación se hablará de los obstáculos en el proceso de un duelo, según el portal: (www.renacerbuenosaires.org.ar/proceso_del_duelo.htm, Agosto 10, 2007), en donde nos dice que “el duelo no es una enfermedad... lo que duele es el alma y no hay nada que pueda evitarlo: tarde o temprano hay que pasar por ese dolor”.

Cuando el dolor se reprime, crece, y cuando se manifiesta, surge de forma inapropiada. Esto indica que hay que enfrentarlo lo más pronto posible para poder elaborarlo adecuadamente: “es necesario sufrir para dejar de sufrir”.

En una primera etapa, el dolor se percibe como una opresión excesivamente dolorosa e incesante, en donde la persona se debe dar la oportunidad de sentirlo. En una segunda etapa, se producen los síntomas relacionados con el dolor y, finalmente, aparece una etapa de estabilización.

En relación a los síntomas, el desahogarse llorando es saludable, ya que ayuda a liberar la tensión, no obstante, hay ocasiones en donde la persona no logra llorar, pero no es motivo de preocupación ni inquietud, ya que no es la única forma de hacerlo. El amor no se mide con la expresión de las lágrimas, ni es un parámetro para el dolor.

Es muy comprensible, y no hay motivos para asustarse, en que en el proceso de un duelo existan momentos de bloqueo emocional, sintiéndose como anestesiado y ausente, en un mundo de irrealidad que puede durar durante algún tiempo.

La persona doliente necesita ser paciente con ella misma, ser más compasiva y tratar de no exigirse demasiado. Muchas veces la sociedad los obliga a “ser fuertes” sin necesidad, ya que el sentirse mejor no es de la noche a la mañana; se requiere de tiempo, de voluntad, de energía y de un arduo trabajo personal para dejar de preguntarse el por qué, y lograr substituirlo con el para qué.

El tiempo es de gran importancia para la recuperación, y durante este proceso uno se pierde en él sin darse cuenta. Hay que estar consciente de qué es lo que se hace con ese tiempo y ponerse en movimiento, para lograr equilibrar lo que sucedió y recordarlo con amor y así crear un mejor mañana.

Refugiarse en las drogas, el alcohol o medicamentos no prescritos para “encubrir” el dolor, sólo lleva a la persona a una dependencia, retrasando o deteniendo el proceso del duelo. Hay que lograr la aceptación con una actitud positiva ante la pérdida, reconociendo y enfrentando el dolor para poder vivir dignamente, en salud mental.

Nuevo sentido de vida:

El portal (www.renacerbuenosaires.org.ar/proceso_del_duelo.htm, Agosto 10, 2007), continúa diciendo: “vemos que el proceso de recuperación tras la muerte de un ser querido es lento y prolongado, pero se puede volver a dar un sentido a la vida y encontrar maneras positivas de experimentar dicha pérdida”.

Lo anterior puede parecer irreal, ya que después de haber pasado por la adversidad y tanto dolor, podría verse como que ya no hay nada por lo cual vivir y que no se podría alcanzar el alivio, sin embargo, hay que intentar superarlo con gran fortaleza y paciencia, para encontrarle así un sentido a la vida. Una forma de lograrlo sería mediante el amor, y ese amor hacia la persona ausente será el que dará la fuerza para superar el dolor y aprender a vivir sin ella: “Al terminar el proceso del duelo, nos sentimos como si fuéramos otro. De hecho, nos hemos transformado sin dejar de ser nosotros”.

González (2004:120) alude que: “cuando no renunciamos, el duelo no se realiza”, por consiguiente, viviremos en un mundo irreal, negando la pérdida, quizá haciéndolo desde el amor que profesamos hacia el ser querido, sin embargo, esto no le restituye la vida y nos quedaremos atrapados por siempre.

Cuando no existe la negación, es sano integrar (mediante un rescate emocional que implica renunciar en un acto de voluntad) y volver a traer a ese ser hacia nuestro corazón, dándole un espacio en nuestro interior manteniéndolo con vida dentro de nosotros.

El dolor llega cuando la
conmoción se va y la única
salida de su pesar es
introducirse en él.

(González, 2004:117).

En palabras de Bucay (2008:86), “la negación de la pérdida es un intento de autoprotección contra el dolor y contra la fantasía de sufrir”, resultando en un desvío, en un estancamiento, por consiguiente, el proceso de elaboración del duelo normal es el camino más saludable.

El duelo es el doloroso proceso normal
de elaboración de una pérdida,
tendiente a la adaptación y armonización
de nuestra situación interna y externa
frente a una nueva realidad.

(Bucay, 2008:95).

CAPÍTULO TRES

VALORES DE ACTITUD

Los valores de actitud corresponden al tema que elegí para sustentar el problema de estudio de esta investigación, el cual desarrollaré de manera concisa y clara.

Resaltaré puntos importantes que correspondan a esta postura del ser humano con respecto a la actitud, libre y responsable, frente a cualquier circunstancia de la vida.
Qué son los valores de actitud:

De acuerdo con el diccionario de logoterapia, se definen como: “aquellos que se encarnan a partir de la capacidad del hombre de encontrar un sentido a su sufrimiento, logrando transformar una tragedia personal en un triunfo, siendo, por lo tanto, la facultad más humana del hombre. Víctor Frankl describe la siguiente ecuación: S = D - S, que significa, sufrimiento = dolor - sentido. Para llevar a cabo el valor de actitud, el hombre deberá encontrar un sentido a su dolor, transformando la ecuación de la siguiente manera: S = D + S”. (Guberman & Pérez, 2005:145).

Los autores continúan diciendo que: “El hombre no es libre del destino de una disposición somática (física), de alguna característica psicológica, o de una situación social, sin embargo, sí es libre para asumir una actitud ante ellos”. (Guberman & Pérez, 2005:42).

Para Frankl (2005:77): “los valores de actitud son los más altos valores posibles”, ya que de esa manera se responsabiliza de sus acciones, de su forma de amar y de sufrir y “una vez que ha realizado un valor y una vez que ha plenificado un sentido, lo ha hecho de una vez para siempre”. (Frankl, 2005:76).

Pareja (1998) nos dice que cuando el ser humano se ve expuesto a una confrontación o situación avasallante, que va más allá de él, que lo rebasa, es allí cuando surge y adopta los Valores de Actitud (una postura activa que siempre va a ir ante algo o ante alguien), los cuales son un camino para encontrar el sentido de la vida.

Los Valores de Actitud van íntimamente relacionados con la Tríada Trágica de Frankl, tanto en su vida personal, como en el Análisis Existencial y en la Logoterapia, la cual está compuesta por el sufrimiento (dolor y oportunidad de realización), la culpa (responsabilidad y conversión), y la muerte (finitud y estímulo para la acción responsable) del ser humano, en donde señala que “no hay aspectos trágicos en nuestra condición humana ante los cuales no podamos tomar una actitud libre y responsable”, eligiendo así, una postura, un comportamiento ante las limitaciones que la vida le impone y ante sí mismo, para convertirla en un logro, en un crecimiento humano. (Pareja, 1998:203).

Al hablar de limitaciones, García (2004), refiere que la vida plantea alternativas de diversa naturaleza, como la del sufrimiento, del dolor por una pérdida o por un fracaso, en fin, alternativas en muchos casos inevitables, y lo que cuenta es “cómo” la persona enfrenta estas situaciones cuando no puede optar por no vivirlas, el elegir qué clase de actitud asumirá frente al sufrimiento, y encontrarle así, el “para qué” de lo que le sucedió.

De esta manera, la existencia del hombre conserva, hasta en los peores momentos, un Sentido, y como dice Frankl, citado por García (2004:124): “su deber de realizar valores no lo deja en paz hasta el final instante de su existencia. Por muy limitadas que la realización de valores sean, siempre le será posible al hombre, aún reducido al mayor de las inopias, lograr los Valores de Actitud”.

Siguiendo el mismo orden de ideas, Frankl (1987), asienta que en el sufrimiento son ineludibles los valores de actitud para adoptar la postura correcta frente al destino ante las posibilidades de sentido y de valor.

La autora González (2004), refiere que toda pérdida causa sufrimiento, mismo que crea en el hombre una tensión fecunda, revolucionaria, que lo hace salir de él o hacer algo con eso. Por lo tanto, la persona realiza en el sufrimiento “los valores de actitud” ante la vida, los cuales le ayudan a que acepte situaciones que se consideran irremediables, abriéndole un mundo de infinitas posibilidades: aceptar el sufrimiento para dejar de sufrir.

Al mismo tiempo, el escritor Rittner (2008), agrega que existen dos actitudes que se pueden adoptar como ayuda ante el propio dolor:

1) El estar ahí para alguien más.- Es de vital importancia ayudar y reconfortar a aquellos que están pasando por una pena, a aprender a guardar silencio o cuándo utilizar una palabra de amor, y a entregarnos a otros en el momento preciso de su necesidad. De esta manera, nosotros también encontraremos alivio, ya que el dolor es un gran maestro.

2) Permitirnos vivir libres, sin culpa, sin arrepentimiento y sin tratar de remediar el pasado.- Kierkegaard (el padre del existencialismo), citado por Rittner (2008:35), escribió que: “la vida solamente puede entenderse mirando hacia atrás, pero debe vivirse hacia delante”. Porque la vida está hecha para vivirse, con plenitud, con vigor….. libremente.

EL SENTIDO DEL SUFRIMIENTO

“Constituye la misión más alta y verdadera del hombre, tal como es confrontarse con lo que el destino le impone”. (Guberman & Pérez, 2005:128).

Qué es el sufrimiento:

Frankl (2005:75) señala que el sufrimiento es sólo uno de los aspectos de la Tríada Trágica (siendo los otros dos, la culpa y la muerte), y que no existe ser humano que nunca haya sufrido por algo o por alguien. La tendencia del ser humano es tratar de eliminar el sufrimiento por todos los medios y a cualquier costo, eso sería lo deseable, sin embargo, hay ocasiones en que el hombre es enfrentado por un sufrimiento “inevitable” y que tarde o temprano debe sufrir, a pesar de todos los avances científicos, y que no puede cerrar los ojos ante estos hechos existenciales de la vida. Por consiguiente, ante ese destino penoso, no sólo debe ser aceptado, sino convertido en algo significativo, en un logro, ya que no existen situaciones trágicas y negativas que no puedan ser transformadas cuando se asume la postura o actitud adecuadas.

Si bien es cierto, la posición sería ante sí mismo, ya que el destino no puede ser cambiado, el que tendría que cambiarse sería él, y de esta manera se logra el sentido del sufrimiento, al cual refiere Frankl (2005:77), como “el más profundo sentido posible”.

Ante el sufrimiento, nuestra postura va relacionada hacia el dolor mismo. (www.foromoral.com.ar/respuesta.asp?id=228, Marzo 17, 2010). En el portal anterior se afirma que el valor y el mérito del sufrimiento, según Frankl, van en relación proporcional con la capacidad de saber aceptarlo, con una actitud positiva y de sentido y no con disposiciones tristes y desesperadas. Cuando somos conscientes de que es un factor que incrementa y desarrolla la personalidad, la hace más fuerte y equilibrada, más comprensiva del dolor ajeno. Pero esta aceptación libre y positiva del sufrimiento, no significa para el autor Pifarré, que el sujeto doliente se hunda en sus sufrimientos por una especie de desviación o perversión, sino que el mérito está en aceptar libremente el sufrimiento y no el de asumir voluntariamente un dolor que se podría evitar.

Siguiendo con este tema, Bucay (2008:46) sostiene que: “nadie puede moverse hacia su madurez sin dolor”. Es necesario pasar por el sufrimiento, por el vacío interno, haber pensado en la muerte y en las pérdidas para poder tener un crecimiento y llegar así a la autorrealización.

En palabras de Buda, citado por Bucay (2008:62): “el sufrimiento es universal, pero tiene una sola raíz, y esa raíz, es el deseo”. Sufrimos cuando perdemos lo que consideramos valioso para nosotros, o cuando lo que tenemos dista de lo que queremos, o cuando creemos que ya es tarde para lograr algo. Se relaciona con apegos, anhelos y expectativas truncadas, de desear que las cosas sean diferentes de lo que son, del no querer renunciar a algo o a alguien, “desear y no obtener es la fuente del sufrir”. (Bucay, 2008:64).

Hay que tratar, sí, de desarrollar la habilidad para desear, pero de no quedarse nada más allí, sino de soltar y actuar. El dilema está en la forma en que uno se apega a ellos, en el cómo se manejan las situaciones, en el no haber aprendido que el obtener y el perder son parte de la vida cotidiana.

La muerte, el proceso de cambio, la pérdida y la vida plena están íntimamente relacionados desde el comienzo de los tiempos, por lo tanto, el vivir esos cambios es permitir que las cosas dejen de ser, sin temor, para que surjan otras nuevas. (Bucay, 2008).

Retomando el portal (www.foromoral.com.ar/respuesta.asp?id=228, Marzo 17, 2010), lo esencial es “el cómo” se sobrelleva el sufrimiento para poder encontrarle un sentido con significado, ya que de lo contrario, se interpretará como un acontecimiento absurdo y sinsentido, destructivo para la persona. Por eso no es de extrañar que, los que huyen del sufrimiento quedan desprovistos de la fortaleza para soportar el dolor cuando les atrapa, hundiéndose en la desesperanza, y ahí, al rebelarse frente a él, no sacan de ello ningún provecho existencial y se produce una obsesión para escapar del mismo a toda costa, agudizando aún más, su propio sufrimiento.

El sufrimiento que parece
no tener sentido,
lleva a la desesperación.

V. Frankl

Cuando el sufrimiento que se presenta en nuestra existencia se concibe como algo inexplicable y determinante, como un mal absoluto sin posible justificación, se intenta enmascararlo por todos los medios. Pero estas situaciones, continúa Pifarré, (2010) que ocultan la realidad del sufrimiento, al no verse cumplidas, hacen insoportable su aceptación, desaprovechando con ello, la oportunidad para hacernos más humanos y más sensibles.

Rechazar sistemáticamente el sufrimiento y el sacrificio que inevitablemente la realidad nos demanda, resulta en una vida afectivamente débil e inestable, ya que paulatinamente se va deshumanizando, y estas frágiles personalidades, alejadas de la conciencia, solamente encuentran la seguridad afectiva en la frivolidad, ya que están carentes de sensibilidad para apreciar la realidad, en donde no ofrecen ninguna resistencia ni esfuerzo para lograr sus propósitos.

El sufrimiento alberga toda una riqueza de sentido, ya que se requiere no sólo de los valores de actitud de la persona, sino de una capacidad de sufrimiento, la cual debe padecerla por sí misma para poder adquirirla: “La apatía es la incapacidad de sufrir”. (Frankl, 1987:255).

Ya que el hombre se decide a sí mismo (autodecisión), se configura como persona que es, define su carácter y la personalidad que va a llegar a ser, realizando así, sus valores de actitud, considerando de esta manera, que el sufrimiento es un acto valioso. “Cuando asumo un sufrimiento, cuando lo hago mío, crezco, siento un incremento de fuerza”. (Frankl, 1987:258).

Para Frankl (1987:259): “sufrir significa obrar y significa crecer, pero también significa madurar”, alcanzar la libertad interior, a pesar de la dependencia exterior. Esta libertad no tiene condiciones, es una libertad bajo cualquier circunstancia y hasta el final.

El hombre, al alcanzar esa libertad interior frente a situaciones extremas, prosigue Frankl (1987), le ayuda a conseguir una madurez plena, aún más, el sufrimiento no sólo significa obrar, crecer y madurar, sino que también significa enriquecerse, dignificarse al encuentro de la verdad.

Dicho de otra manera, es necesario asumir el sufrimiento, afrontarlo, hacerlo tuyo y trascenderlo, para poder aceptarlo. Sólo cuando el sufrimiento es incorporado deja de ser sufrimiento, y al trascenderlo nos identificamos con él: “yo solo puedo afrontar el sufrimiento, sólo puedo sufrir con sentido, si sufro por un algo o un alguien”. (Frankl, 1987:262).

Para Frankl (1987), el sufrimiento necesario es un sufrimiento auténtico, intencional, voluntario, que tiene sentido, permitiéndole a la persona la realización de los valores de actitud cuando se asume libremente en un acto de aceptación y no de entrega hacia él. Eximirle al ser humano de él, sería inhumano.

En otro orden de ideas, González (2004) revela que el dolor y la pena forman parte de la vida y que no es posible separarlos de ella, descubriendo así, el sentido del sufrimiento: en la vida se puede encontrar a quienes no hayan sido felices, pero nunca a quienes no hayan sufrido. Cuando se sufre se necesita de los demás, el dolor une, y los demás tienen necesidad de acompañarlos.

La única cura contra el sufrimiento es aceptarlo como necesario e inevitable, dejar que duela y a aprender a vivir con él, con sentido, como oportunidad de crecimiento, ya que el sufrimiento innecesario, pasivo, con resignación, sin combate, es infértil y estéril. Hay una tendencia a negarlo, a evitarlo, a obstaculizar su transcurso vital y al no querer que esté solamente se logra que duela más. El reconocerlo ayuda a adoptar una actitud o postura ante él, y al lograr aceptarlo, desaparece. (González, 2004).

Pareja (1998:204) nos dice que el sufrimiento humano generalmente se entiende como algo destructivo, como una carencia, pérdida o mutilación, como una negación o aniquilación; sin embargo, “tiene también la potencialidad maravillosa de manifestar, ante la mirada humana, una dimensión de crecimiento, de desarrollo, de humanización y de fortaleza de espíritu”, siendo éste, una capacidad específicamente humana.

El sufrimiento penetra en la conciencia humana, continúa Pareja (1998), tanto en el campo físico (enfermedades o padecimientos), como en el psicológico (trastornos emocionales, neurosis o psicosis), o el espiritual (conflicto de valores, morales o éticos), encontrándose presente también en todas las dimensiones y estratos sociales.

El ser humano continuamente se ve expuesto a diversos tipos de sufrimiento y relativamente los soporta con tolerancia, sin embargo, a lo que no es tolerante es a una vida sin sentido, “el des-cubrir el sentido de mi sufrimiento, en cada situación concreta, también única e irrepetible, es una tarea personal”. (Pareja, 1998:205).

Cuando el ser humano se enfrenta a un sufrimiento considerado como irreparable o irreversible, es la oportunidad para realizar los valores de actitud mediante la aceptación de la realidad, según el pensamiento Frankleano, ya que le permite al ser humano avanzar hacia un mundo más profundo: de crecimiento y realizaciones interiores, de toma de conciencia y de actitud.

El recordatorio de que se tiene un potencial para humanizar el mundo puede ser el sufrimiento, evitando así caer en la apatía, en la rigidez, o en actitudes autocompasivas o justificantes que alejan a la persona de ella misma. En ocasiones el hombre se deja llevar por el aturdimiento o la embriaguez como una forma de escape para silenciar los impactos del sufrimiento, pero que sólo llevan a la desaparición de la realidad, convirtiéndose en depresión, agresión y adicción.

En este punto, Pareja (1998) abre el concepto del homo-patiens de Frankl, como aquel que asume que su humanización plena es el de atreverse a sufrir, en donde se levanta y toma actitud ante su sufrimiento, hacia la plenitud y lejos de la desesperanza, creciendo, madurando y enriqueciéndose.En palabras de Pareja (1998:209): “Cuando un hombre descubre que su destino es sufrir, ha de aceptar dicho sufrimiento, pues esa es su sola y única tarea. Ha de reconocer el hecho de que, incluso sufriendo, él es único y está solo en el universo. Nadie puede redimirle de su sufrimiento ni sufrir en su lugar. Su única oportunidad reside en la actitud que adopte al soportar su carga”.

Crecimiento significa la transformación de nuestro ser, se crece en el alimento que asimilamos, así como en el sufrimiento que asimilamos, asimismo, el sufrimiento es algo más que crecer: es madurar en una libertad interior, a pesar de las circunstancias y dependencias externas. El ser humano al crecer y madurar, de igual manera se enriquece, ya que al asimilar e integrar el sufrimiento agudiza la capacidad humana de comprensión de la existencia; el atreverse a sufrir es de vital necesidad para la humanización. (Pareja, 1998).

Frankl, continúa Pareja (1998:212), refiere que la actitud que se asuma frente al sufrimiento se encuentra en la libertad espiritual del ser humano, en una intencionalidad positiva, basada en el amor: “el sufrimiento encuentra su máxima expresión cuando se asume en la dimensión del amor”.

EL SENTIDO DE LA MUERTE

La muerte es parte de la vida:

Elisabeth Kübler-Ross, citada por Rittner (2008:48), afirma que: “no hay que temer a la muerte, la muerte no existe, es solo una transición; la muerte es la llave para abrir la puerta de la vida”.

Para que se pueda entender la vida se debe comenzar por el entendimiento de que existe un final, refiriéndonos a la muerte, y así contemplando la muerte se puede comprender el sentido de la vida. Darse cuenta que la vida es finita le da el sentido de apremio y de intensidad a cada momento de cada día.

La muerte tiene muchos rostros, ya que tiene la apariencia de todos los seres queridos que ya no están y esto nos hace recordar que hay que darle urgencia a la vida y estar agradecidos por las bendiciones de cada día, ya que la muerte puede llegar en cualquier momento y nos hace reflexionar en lo que hoy es verdaderamente relevante en la vida, por tal motivo, “esos rostros me alientan a ser y hacer, a superar el dolor y a buscar alcanzar mi paz de espíritu. (Rittner, 2008:50).

El significado está ligado con el final.
Y si no hubiera final,
la vida no tendría ningún significado….

Nicolai Berdyaev, (teólogo ortodoxo ruso).

Siguiendo el mismo orden de ideas, Bucay (2008:165) cita a Freud (1917) diciendo: “La muerte es algo natural, incontrastable e inevitable. Hemos manifestado permanentemente la inequívoca tendencia a hacer a un lado la muerte, a eliminarla de la vida. Hemos intentado matarla con el silencio. En el fondo nadie cree en su propia muerte. En el inconsciente cada uno de nosotros está convencido de su inmortalidad. Y cuando muere alguien querido, próximo, sepultamos con él nuestras esperanzas, nuestras demandas, nuestros goces. No nos dejamos consolar y, basta donde podemos, nos negamos a sustituir al que perdimos.”

La muerte de un ser querido es una de las experiencias más dolorosas por las que puede pasar una persona, Bucay (2008). La vida en su conjunto, duele. Nos duele todo: el cuerpo, la identidad, el pensamiento, la sociedad, la familia, los amigos, el corazón y el alma.

Asimismo, la muerte es parte inevitable de la vida y nos manifestamos de diferentes formas ante ella, que depende en gran parte, del momento, de la edad y de las circunstancias en que ésta suceda: “cuánto más rápida, imprevista y traumática sea la muerte, mucho mayor será el impacto emocional y lo mismo sucederá cuanto más afecte esa pérdida a la vida diaria del sujeto”. (Bucay, 2008:169).

Volviendo a Pareja (1998), la muerte es la manifestación de la finitud y de la transitoriedad de la vida, surgen cuestionamientos como el de qué ha hecho o está haciendo la persona, si ha amado y a quién, o de cuáles han sido sus sufrimientos y cómo los ha enfrentado. La respuesta estaría ligada a la posibilidad de no haber descubierto el sentido de la propia existencia.

El ser humano se decide ante la muerte y toma una actitud frente a ella. La muerte tiene un significado diferente para cada persona, no es algo aparte, sino una parte necesaria para el sentido total de la vida.

Debido a que somos finitos, nos vemos en la exigencia de responder a las preguntas que diariamente la vida nos plantea, asumiendo el reto de las circunstancias y de nuestras posibilidades, ya que nadie nos asegura que lo que hoy no hacemos, lo podremos hacer mañana. Nuestra existencia está llena de momentos únicos e irrepetibles que ya no volverán, pero ante la muerte, todo eso vivido, toda esa riqueza, se queda guardada en el fondo de nuestro ser para siempre y no hay poder sobre la tierra que lo pueda arrancar.

Por consiguiente, el sentido de la vida y el sentido de la muerte no dependen de los años vividos, sino de cómo la persona los ha vivido. “La finitud viene a dar un sentido a la vida y no a quitárselo como frecuentemente se suele pensar”, Pareja (1998:214). La finitud hace que se valoren situaciones que sólo se presentan una sola vez en la vida.

Continuando en la misma dirección del tema, Viorst (1990:323) nos dice: que el pensar en la muerte nos causa temor, “es un sentimiento que nos es difícil soportar” y continuamente lo rechazamos, manteniendo distante la realidad de la mortalidad, negándola, para no enfrentar dicha ansiedad, sin embargo, “la negación de la muerte también empobrece nuestras vidas”:

• al consumir demasiada energía tratando de bloquear nuestros pensamientos y temores,
• al sustituir ese temor con otras ansiedades, y
• al evadir las ideas de la muerte, renunciamos a ciertos aspectos de la vida, ya que la muerte forma parte de ella.

La consideración de que algún día moriremos inevitablemente puede dignificar nuestro sentido del presente. EL confrontar la muerte nos hace sentir la vida más intensamente y nos enseña a amarla y a no temerle a la muerte.

Sin embargo, para la mayoría de las personas, prosigue Viorst (1990), el sólo hecho de pensar en la muerte les causa terror, el contemplar su muerte les hace tener miedo de ella, el no seguir siendo, el entrar en lo desconocido y quizá pagar por los pecados cometidos, en la impotencia de la soledad, en fin, el terror es más por el temor a morir, a la separación y al abandono, más que a la muerte en sí.

Durante mucho tiempo el hablar de la muerte se consideraba un tabú y la rodeaban de mentiras y engaños, como lo señala la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, en su libro Sobre la muerte y el morir, citada por Viorst (1990). En él describe el gran alivio que siente la persona que está a punto de morir cuando se le sugiere que se abra y que comparta sus temores y sus necesidades, sintiéndose de esta manera, más tranquila y con una actitud de aceptación.

Las personas que han vivido una vida plena y satisfactoria son las que están preparadas para morir, sin ansiedad y sin amargura. En otras palabras, se puede decir, que se muere de la misma manera en que se vive.

El estar frente a la muerte nos brinda la oportunidad de reflexionar y nos genera un cambio y un crecimiento, de experimentar nuevas emociones, de crecer emocionalmente, de vernos con humildad y de ir más allá de nosotros mismos, y de enriquecernos de una continuidad más allá de nuestra muerte.En todos nosotros existe una necesidad de establecer vínculos, “una necesidad de sentir que como seres finitos somos parte de algo más duradero”. (Viorst, 1990:338).

CAPÍTULO CUATRO

METODOLOGÍA

En este apartado menciono, de manera concreta, la metodología que utilicé para contestar la pregunta que motivó la realización de esta investigación: ¿Pueden los valores de actitud de la logoterapia aportar una reflexión en la experiencia de una enfermedad como la fibromialgia?

El método adecuado es el “cualitativo”, el cual describo brevemente, tanto en su significado, como en su herramienta. “El término metodología designa el modo en que enfocamos los problemas y buscamos las respuestas. En las ciencias sociales se aplica a la manera de realizar la investigación”. (Taylor & Bogdan, 1984:15). Los debates sobre metodología tratan sobre supuestos y propósitos, sobre teoría y perspectiva y, en las ciencias sociales, han prevalecido dos perspectivas teóricas principales: Bruyn, 1966 y Deutscher, 1973. (Taylor & Bogdan, 1984).

La primera, el positivismo, que se remonta a los grandes teóricos del siglo XIX y primeras décadas de siglo XX, con |August Comte (1896) y Emile Durkheim (1938-1951), quienes buscan los hechos o causas de los fenómenos sociales, independientemente de los estados subjetivos de los individuos. El científico social debe considerar esos hechos como “cosas” que ejercen una influencia externa sobre las personas.

La segunda perspectiva teórica, la fenomenología, según Deutscher (1973), que pretende entender los fenómenos sociales desde la propia perspectiva del actor; el modo en que se experimenta el mundo, en donde la realidad que importa es lo que las personas perciben como importante. Jack Douglas (1970b:IX), según Taylor & Bogdan (1984:16), escribe: “Las fuerzas que mueven a los seres humanos como seres humanos y no simplemente como cuerpos humanos… son materia significativa. Son ideas sentimientos y motivos internos”.

La metodología cualitativa, de acuerdo a Taylor & Bogdan (1984), se refiere a la investigación que produce datos descriptivos: las propias palabras de las personas (habladas o escritas) y la conducta observable, y consiste en más que un conjunto de técnicas para recoger datos. Es un modo de encarar el mundo empírico (que procede de la experiencia), en donde se observan las siguientes características:

  • La investigación cualitativa es inductiva. Los investigadores desarrollan conceptos, intelecciones y comprensiones partiendo de pautas de los datos, y no de datos para hacer evaluaciones o hipótesis; siguen un diseño de investigación flexible. Comienzan sus estudios con interrogantes y ven a la persona en una perspectiva holística (como un todo), considerando las situaciones en las que se hallan.
  • Los investigadores cualitativos son sensibles a los efectos que ellos mismos causan sobre las personas que son objeto de su estudio. Son comprensivos en la forma de interpretar, ya que lo hacen desde el marco de referencia de ellos: desde su realidad, identificándose con ellos en una conversación normal y no en un interrogatorio intrusivo.
  • El investigador cualitativo aparta sus propias creencias, perspectivas y predisposiciones. Ve las cosas como si estuvieran ocurriendo por primera vez y nada lo da por sentado. Todo es un tema de investigación y todas las perspectivas son valiosas. No busca la verdad o la moralidad, a todos los ve como iguales, todos son dignos de estudio.
  • Los métodos cualitativos son humanistas. No pierden de vista el aspecto humano de la vida social: sufrimiento, frustración, amor, belleza, dolor, fe; así como de la vida interior de la persona: sus luchas morales, sus éxitos, fracasos, esperanzas e ideales.
  • La investigación cualitativa es un arte. El científico social cualitativo es alentado a crear su propio método, sigue lineamientos orientadores, pero no reglas. Los métodos le sirven, más nunca es el investigador el esclavo de un procedimiento o técnica.

Herramienta metodológica:

La herramienta que utilicé fue el testimonio, que según Piña (1989:133) lo define como: “un nombre reservado al relato en el cual una persona se re¬fiere, a través de sus vivencias personales, a algún suceso histórico o medio so¬cial del cual fue testigo, sin que el eje de su narración sea necesariamente su propia evolución a través del tiempo”.

Tomando en consideración lo anterior, procedí a hacer un relato de mi vida en el cual comparto algunas experiencias, tanto de mi núcleo familiar como de mi entorno social, relacionadas con la enfermedad de la fibromialgia, la cual ha sido parte del tema de esta investigación: de cómo era mi vida antes y después del padecimiento, así como del antes y después del estudio de la Logoterapia.

A continuación sigo con el análisis de la herramienta, para luego presentar los resultados y conclusiones de este trabajo.

CAPÍTULO CINCO

ANÁLISIS DE LA HERRAMIENTA

Para llevar a cabo este capítulo y teniendo en cuenta las características de una investigación cualitativa, como lo referí anteriormente, procedí a hacer un análisis de mi testimonio. Esta reflexión me ayudó a identificar los conceptos relativos a los valores de actitud de la logoterapia, considerando que en algunas ocasiones también mencioné otros temas que aparecen por sí mismos en el relato; haciendo el debido señalamiento de que no fueron el objeto de estudio del presente trabajo.

Como se muestra en la narración, en un principio no están descritos los conceptos logoterapéuticos, ya que no poseía el conocimiento teórico, sin embargo, cabe señalar, como lo indica el mismo Frankl (con relación a la logoterapia del hombre de la calle), que el uso de ellos, como recursos para hacerle frente a ese destino y a ese sufrimiento inevitable que implica mi enfermedad, han estado presentes de forma invariable.

Siempre ha habido logos en mi vida (el sentido y lo espiritual que me conforman como persona), y lo que me ha permitido el estudio de la especialidad es finalmente ponerle nombre a lo que he vivido y que continuamente ha estado en mí.

Mi testimonio, tiene fecha marzo del 2010. Lo que está escrito textualmente aparece entre comillas y letra cursiva; los comentarios correspondientes al análisis de la herramienta, en este caso el testimonio, van en negritas. A continuación empiezo el análisis:

“Al hacer un recuento de mi vida me vienen imágenes de esa época cuando todo era color de rosa, cuando vivía en el mundo de Walt Disney (en donde me identificaba con el cuento de “La Princesa que creía en los Cuentos de Hadas”, de Marcia Grad, 1995), esperando la llegada de mi príncipe encantador, en una creación maravillosa, inventada por mí; un mundo de fantasía, lejos de la realidad: lleno de color, alegría y perfección, sin miedos, en donde estarían satisfechas todas mis exigencias, como el de que él tendría que ser como yo quisiera: amoroso, fiel, protector, comprensivo, que me escuchara con atención, alegre, que cubriera todas mis expectativas, adivinando mis pensamientos, mis esperanzas e ilusiones de una felicidad total, sin problemas ni conflictos…. sin tropiezos; que llenara mis huecos de soledad y cariño, mis inseguridades y mis temores, en fin, todas mis necesidades no resueltas”. En esta cita se aprecia el mundo irreal en el cual vivía, lleno de fantasía y de expectativas falsas, convencida de que las cosas tenían que ser perfectas para que tuvieran un valor (un sentido), y por consiguiente, que eso me llevaría a la “felicidad”.

En ese entonces yo no sabía nada acerca de la felicidad, realmente no la conocía, sin embargo, la anhelaba. Pensaba que logrando todo eso, es como yo la encontraría, ya que de otra manera implicaría para mí un fracaso, una desilusión. El significado de la felicidad, así como de los otros conceptos mencionados, los analizaré posteriormente a la luz de la logoterapia. Considerando lo anterior, no me daba cuenta que todas esas creencias sólo me llevaban hacia un vacío. Un vacío, pero lleno de frustración, de insatisfacción y miedos, que al mismo tiempo me hacían sentir atrapada dentro de una soledad desgarradora. Con el pero quise resaltar la aparente contradicción entre estar vacía, pero a la vez llena de lo que necesariamente debe haber cuando se está vacío, lo más cercano al: “no sentido de vida”. El simple hecho de pensar en un conflicto me aterrorizaba y sentía la necesidad de huir de él. Era tal mi temor de enfrentarlo, que tenía que escapar, y así me la pasé, evadiendo la realidad una y otra vez, ya que no podía ver que a raíz de una dificultad, podrían surgir alternativas de sentido y de crecimiento.

Continuando con el análisis, surge esta frase:

“El perfeccionismo que me caracterizaba, me hacía creer que tanto las cosas, como yo, tenían que ser perfectas”: Este era el perfeccionismo que regía mi vida en ese entonces, un pensamiento y conducta erróneos que me exigían cada vez más de mí ante cualquier circunstancia; el no lograrlo era inaceptable, por consiguiente, si no lo hacía lo suficientemente bien, sentía desagrado, ya que estaba convencida de que la perfección debía y podía ser alcanzada por mí y que todo tenía que ser: “sin errores, exactas, sin la menor equivocación, ya que si no, no valían la pena, como por ejemplo: si no sacaba diez en mis materias, me sentía frustrada e insatisfecha, o cuando competía en algo, tenía que ganar a como diera lugar, y así sucesivamente, en todo, no había espacio en mí para los “perdedores”.

Esta palabra, perdedores, la solía utilizar con frecuencia para describir la imperfección, sin embargo, ahora concuerdo con lo que dice Ricardo Peter en su libro, Líbranos de la Perfección: “el objetivo que se propone alcanzar la terapia de la imperfección consiste en guiar al hombre hacia su límite, hacia su humanidad”, tratando de romper los esquemas perfeccionistas. (www.logoterapia.com.mx/publicacionesDetalle.php?IdArticulo=8, Abril 30, 2010). Aun cuando el trastorno de perfeccionismo no fue objeto de este estudio, apareció en el relato y por eso lo señalo.

En el mismo orden de ideas, continúo con el desarrollo del testimonio, como sigue: “en donde resaltaba mi carácter aprensivo, siempre exigiéndome más de lo que podía dar, en una actitud rígida e inflexible conmigo misma y con los demás, ya que por supuesto todo lo que hacía en mi vida no me llenaba por completo, ya que distaba mucho de la perfección, convencida que podría haber dado más, y así los que pudieron haber sido logros o motivos de orgullo, fueron tropiezos y fracasos”. En esta declaración se distingue cuál era mi postura hacia la vida, una conducta negativa que lo único que provocaba en mí, era frustración y desesperanza, ya que las demandas que yo misma me imponía eran demasiado elevadas, y al no alcanzarlas, ocasionaban dichos sentimientos, apareciendo un claro rasgo del trastorno de perfeccionismo, desarrollado por Peter en su libro “Líbranos de la perfección” y señalado en el párrafo anterior. “Envuelta en esta convicción y aunada a mis exigencias, construí este mundo de imaginación, de protección, donde me pudiera sentir segura y acompañada. Pasa el tiempo y aparece mi “príncipe azul” (por lo menos eso creía yo), y comienza una nueva etapa en mi vida”. Aquí surgió nuevamente ese mundo irreal, lleno de ilusiones, dentro de una fantasía fabricada por mí y donde alcanzaría mis expectativas más altas, en un camino desconocido, pero al mismo tiempo, infalible (según mi creencia).

“Mantuvimos una relación larga en donde, a pesar de mi perfeccionismo, yo no quería o más bien no podía ver la realidad, realmente él no llenaba esas expectativas de excelencia, sino que más bien yo lo encajaba en mi mundo ideal, y para mí eso era suficiente. Nos casamos y al principio realmente estaba convencida de que él era la persona que estaba esperando, el ser maravilloso quien me protegería y me haría feliz, en este lugar donde no existía el sufrimiento, todo tenía que funcionar bien…. me consideraba una persona afortunada y feliz”.

Una vez más apareció el perfeccionismo en la narración y lo retomo con el fin de acentuar que debido a este trastorno yo me encontraba atrapada en la irrealidad, en una forma de idealización que no me dejaba ver ni actuar con claridad, engañada en el sentido de que debía evitar el sufrimiento, concepto que desarrollaré posteriormente a la luz de la logoterapia, ya que el enfrentarlo implicaría alejarme de lo que suponía era el concepto o la vivencia de la felicidad.

Por otro lado, depositaba mis esperanzas en el que me rescataran en esa etapa de mis necesidades no resueltas, de carencias que yo traía y que suponía que los otros tenían la obligación de solventarlas, implicando de esta manera, el evadir la responsabilidad, o sea, el no responder ante mí misma, ni ante los otros. En una postura de victimez, (más adelante en mi vida hecha consciente), la cual mediante un trabajo personal profundo logré convertirla en responsabilidad.

“Así transcurría mi vida, hasta que un día, empiezan a suceder otros eventos que no estaban programados en mi universo de excelencia: “las pérdidas” (en ese entonces yo sólo interpretaba una pérdida como tal, cuando se relacionaba con la muerte), acontecimientos que definitivamente no cabían en mi mundo perfecto y allí comienza el caos frente a esta realidad. El panorama, que hasta ahora había sido impecable, empezaba a dar un giro, todo estaba fuera de lugar”. Prosiguiendo con el tema de estudio, lo que surgió fue algo con lo que definitivamente no contaba, ni estaba preparada en ese momento, ya que yo estaba convencida de poseer el “control” de las cosas ante acontecimientos de cualquier índole, sin embargo, comenzaron las pérdidas y mi mundo se vino abajo. Por primera vez me enfrenté con la realidad y me sentí desorientada y confundida, ya que me di cuenta, como dice Viorst (1990:344), de que “las pérdidas son el precio que pagamos por vivir, pero que al mismo tiempo, son la fuente de gran parte de nuestro crecimiento y de nuestros beneficios”, pero esto último, por supuesto, no lo descubrí hasta después de un gran esfuerzo y trabajo personal, del cual hablaré más adelante.

Tal y como lo menciono en el testimonio, las pérdidas solía vincularlas solamente con la muerte, la cual “forma parte de la llamada tríada trágica, (tema que será tratado después por la logoterapia), que junto con la culpa y el sufrimiento otorgan sentido a la vida y a nuestra existencia como única”, Guberman & Pérez (2005:87); no obstante, actualmente sé que las pérdidas engloban todo tipo de situaciones imprevistas y que implican renuncia al dejar ir lo que más queremos, no sólo a personas, sino también a objetos.

A continuación aparecen los acontecimientos que suscitaron el desorden y la confusión:

“Primero, un suceso fatal, el fallecimiento de mi hermano en un accidente automovilístico. No podía creer lo que estaba sucediendo…… una llamada en la madrugada de mi padre, consternado, destruido, angustiado, en un sufrimiento tan profundo que no podía ni hablar, y yo, en la negación, bloqueada en mis emociones, sin saber cómo actuar, me encontraba perdida ante la contingencia en un cuestionamiento interminable de los por qué’s: por qué él…… por qué a mí. No encontraba la respuesta, no la había”. No cabe duda que lo anterior identificaba perfectamente mi actitud en esa época ante los eventos impuestos por el destino, una actitud en donde destacaba mi incapacidad de aceptación, de rechazo ante una realidad externa y de creencias infundadas con respecto a lo que realmente estaba ocurriendo, siempre tratando de encontrarle una explicación a todo, atorada en la pregunta del por qué y no del para qué (criterio que aparecerá en el análisis a la luz de la logoterapia); de un sin sentido lleno de frustración y negación, siendo esta última: “un mecanismo de defensa que consiste en enfrentarse a los conflictos negando su existencia o su relación o relevancia con el sujeto”. (http://es.wikipedia-org/wiki/Mecanismo de defensa, Mayo 19, 2010).

“Me refugiaba en mis padres, desesperados también, unidos en el dolor, cuando de repente, surge otro acontecimiento que habría de marcar mi vida para siempre: la muerte de mi padre, como detonante del padecimiento de la fibromialgia”.Siguiendo en este camino de pérdidas y dolor, se hizo manifiesto el padecimiento de la fibromialgia, definido en el capítulo uno, aunque en ese momento aún no lo identificaba. Volviendo al testimonio: “Recuerdo el momento en que el doctor me dice: “Lo siento mucho…….no pudimos hacer más”, y fue allí donde experimenté lo que era el sufrimiento “en toda su extensión”, tanto a nivel psicológico, como físico. Ese día en el hospital empecé a sentir, por primera vez, los síntomas del padecimiento, ajena a lo que se estaba desencadenando”. “Sentí los dolores más agudos de mi vida, en mis piernas, en mis brazos….. en todo mi cuerpo. No me era posible detectar en qué parte específica los sentía más, toda YO era síntoma”.

El portal (http://es.wikipedia.org/wiki/Dolor, Fisiopatología del dolor, Mayo 24, 2010), dice que: “La función fisiológica del dolor es señalar al sistema nervioso que una zona del organismo está expuesta a una situación que puede provocar una lesión. Esta señal de alarma desencadena una serie de mecanismos cuyo objetivo es evitar o limitar los daños y hacer frente al estrés”, sin embargo, el dolor que se suscitaba en mí no era por algún motivo de alerta específico, sino crónico, debido al trastorno causado en mi sistema nervioso, tal y como lo mencioné en el capítulo correspondiente.

“Después de ese trauma emocional y físico, en donde literalmente no dejaba yo partir a mi padre, siguió una etapa de amargura, de estrés, de desesperanza y depresión, me encontraba decaída, sola e irritable, sentía que no podía seguir con mi existencia. Me desconecté del mundo y me aislé, no quería saber de nada ni de nadie, sentía que se me había desgarrado el alma (esas fueron mis palabras), ya que mi padre significaba la pérdida más grande en cuestión de cariño, de comprensión, de cercanía y de aceptación. Todo lo veía negro, nada me reconfortaba, pero mi madre me necesitaba y eso me hizo recuperarme un poco”. Nuevamente se puso a prueba mi capacidad de sobreponerme al destino, en donde lo que me fortaleció fue el amor hacia mi madre, considerado por la logoterapia como un valor de experiencia, (lo que uno recibe del mundo a través de los sentidos), el cual retomaré posteriormente. A partir de allí me contuve y seguí adelante tratando de lograr una adaptación: un acomodamiento a las circunstancias o condiciones externas e internas del momento.

“Fue una época llena de malestares, consultas interminables con doctores, estudios de laboratorio, de los cuales no salía nada en concreto, y yo me seguía sintiendo mal, cada vez peor. Era un dolor generalizado, con síntomas parecidos a la artritis, me encontraba deprimida e irritable, hasta que finalmente, un reumatólogo me diagnostica algo desconocido para mí y para muchos: La Fibromialgia”.

Finalmente, y como desenlace de esa odisea, se dio a conocer por primera vez la enfermedad en cuestión, de tal manera que:

“El especialista, al informarme que el síndrome era crónico y que no tenía cura, fue como si me cayera a un pozo sin fondo. De lo negra que ya veía yo mi vida, se volvió la oscuridad total, al estar convencida de que yo me había causado tal padecimiento por haber perdido el dominio de mis emociones y dejarme caer en un estado permanente de tensión y ansiedad. En ese entonces estaba yo en la creencia errónea de que yo “debería” de haber tenido ese control”. Al presentarse la fibromialgia sabía, de alguna manera, muy dentro de mí, que tenía que tomar una actitud frente a ella (desde esa parte de la logoterapia del hombre de la calle) y que junto con el sufrimiento tenía que sacar de lo más profundo de mi ser, una fuerza sobrehumana para poder resistir, pero no obstante a esto, no pude en ese momento, mi parte espiritual se encontraba bloqueada y mi postura perfeccionista fue inflexible y severa:

“Fui implacable conmigo y no podía con la culpa, día tras día me recriminaba mi falta de dominio y debilidad. La gente que me rodeaba trataba de confortarme, sin éxito. Me volví exigente con los demás, enojada con la vida, demandante, en donde mis expectativas eran precisamente que los demás “tenían” que llenar mis huecos y mis necesidades, por lo menos así lo creía yo, es más, estaba convencida de eso, y así fui por la vida: insatisfecha”.

La culpa es otro tema que no es objeto de mi investigación, sin embargo, sale a relucir de manera importante y me dispongo a examinarlo brevemente: “es un sentimiento que deriva de la conciencia de haber obrado en forma incongruente con nuestra libertad, por lo tanto, es consecuencia de una decisión libre y que junto con el sufrimiento y la muerte componen la Tríada Trágica”. Guberman & Pérez (2005:36), conceptos Frankleanos que serán abordados en su momento.

Al ser la culpa el resultado de una resolución personal, es evidente que fui YO la que la creó y me dejé envolver por ella, y al darme cuenta de que no poseía el control de las cosas me sentí afligida: una víctima del destino. En cuanto a los huecos y necesidades no satisfechas, cabe señalar, que hay ocasiones en donde ese vacío no podrá ser llenado o saciado y se tendrá que trabajar para lograr la aceptación e integración en uno mismo, pero en ese momento yo no consideraba ese punto de vista, ya que carecía de ese conocimiento.

“Me consagré a cuidar a mi madre, permanecía a su lado la mayor parte de mi tiempo, acompañándola en su soledad y en la mía, y me alejé de mi marido, en la convicción de su falta de compresión hacia mi sufrimiento. Fue un periodo de calma aparente, de negación, ya que la relación entre mi madre, mis hijos y yo era muy estrecha, sin embargo, dentro de mí, había un océano a punto de desbordarse”. Ante esa situación límite: “situación inevitable ante la que necesariamente se debe tomar una decisión fundamental”, Guberman & Pérez (2005:131), simplemente opté por una postura pasiva, sin tensiones, sólo tratando de conservar el equilibrio: en una homeostasis. Así permanecí durante un tiempo, buscando en mi marido ese valor de experiencia, del cual nos habla la logoterapia, de ese amor y comprensión que tanto necesitaba (pero que en ese momento no lo reconocía como tal), engañándome bajo una falsa tranquilidad, dentro de una soledad absoluta que tarde o temprano sólo me llevaría a la desesperanza, lejos de toda realización y rendimiento.

“Era tal mi desesperación que me dediqué a hacer una investigación detallada acerca de la Fibromialgia, y al aclararme muchas dudas, como el de dónde proviene y a qué se puede deber, me ayudó a comprender más este dolor convertido en enfermedad y al actualizarme, me di cuenta de que sigue la indagación de los especialistas, como el Dr. Manuel Martínez Lavín, quien dirige el Departamento de Reumatología del Instituto Nacional de Cardiología en México, hacia nuevas perspectivas de tratamientos más efectivos de este síndrome (conjunto de síntomas que se presentan juntos y que tienen una misma causa subyacente) tan desgastante, y me llena de esperanza al pensar en un futuro prometedor, en una mejor calidad de vida, ya que en la época en que fui diagnosticada (2000) la difusión de esta enfermedad era muy limitada, desconocida, y debido a la falta de información, era mal entendida por muchos médicos y por la sociedad en general, incluyendo a mi familia, y eso me hacía sentir incomprendida, frustrada y aislada”. “No obstante, puedo asegurar que ya con el hecho de haber sabido lo que me estaba sucediendo, me hizo sentir un poco mejor, ya que me pasé mucho tiempo yendo de doctor en doctor y de análisis tras análisis, sufriendo por los síntomas y por la falta de un diagnóstico concluyente”.

En este párrafo, como en el anterior, se hizo evidente la soledad en la que me encontraba: esa vivencia que hace que uno haga conciencia de que nuestra vida es sólo nuestra y que depende absolutamente de nosotros, de igual manera, es la que le permite al hombre acceder a un diálogo interior con él mismo, Guberman & Pérez (2005), pero que gracias a ella y sin darme cuenta, logré rescatar algo de esa esperanza, de esa fuerza que había perdido en el camino. Sin embargo:

“Algo estaba sucediendo en mi interior, pero no comprendía que era, lo que puedo decir es que ya no era la misma, ya no era esa persona que se consideraba afortunada y feliz (en ese mundo perfecto), no encontraba palabras con qué describirme. Vivía en una tristeza profunda, no había nada que me motivara, sólo pensaba en mis pérdidas y mis síntomas. Había ocasiones que no me podía, ni quería, levantarme de la cama, pero cuanto más permanecía en reposo, peor me sentía”. Resulta indiscutible cuán profundo era el desconocimiento de lo que me pasaba: había caído en una depresión importante, que se reflejaba en mi estado de ánimo como un vacío. Sentía que mi mundo se desmoronaba y no sabía qué hacer.

“Me la pasaba con visitas al especialista y cambiando de un medicamento a otro, sintiéndome peor, debido a los efectos colaterales de los antidepresivos y analgésicos, como alejada de mí y de mi entorno. No dejaba de quejarme y no podía dormir bien, siempre estaba cansada y volvía a preguntarme una y otra vez: por qué…… por qué yo”. Nuevamente surge la pregunta del “por qué”, sin poder encontrar aún la contestación, alguna explicación que pudiera satisfacerme de alguna manera, pero no, todavía permanecía ahí, sin ese conocimiento.

“La respuesta no llegaba y me fui dando cuenta que lo único que estaba logrando era alejar a mis seres queridos. Yo me seguía culpando por mi trastorno y no sabía qué hacer para evitarlo. Mi vida siguió de esta manera, hasta que sucedió lo último que me podía haber pasado para que se desbordara ese océano: el fallecimiento de mi madre”. Como dije antes, la culpa no es propósito de este estudio, pero como vuelve a aparecer en el testimonio, simplemente lo hago notar, ya que seguía atrapada en ese sentimiento, y al retomar la idea de que algo estaba por estallar dentro de mí, sucede el evento que le vuelve a dar un giro a mi existencia: otra pérdida relacionada con la muerte, que junto con la culpa y el sufrimiento, conforman la tríada trágica.

“A diferencia de mis otras pérdidas, traté de no perder el control, debido a mi experiencia traumatizante, bloqueando mis emociones. Entré nuevamente en un estado de negación total, como si nada estuviera sucediendo, pero obviamente el resultado fue negativo, ya que estaba viviendo una irrealidad, y todo, tarde o temprano tenía que salir. Y así fue, de repente desbordó toda esa energía contenida y detonó la peor crisis de mi vida”. Es de tomar en cuenta que yo seguía creyendo que tenía el control de las cosas y que podría mantener la calma por medio de la represión, sin darme cuenta de que eso sólo me llevaría a una encrucijada, en donde no estaba capacitada para hacerle frente con una decisión adecuada, por consiguiente: “Al encontrarme en ese estado, ya me era imposible permanecer allí, pedí ayuda a mis amistades, quienes me guiaron a la Logoterapia”. Se entiende por logoterapia: “una psicoterapia orientada a la búsqueda del sentido que se focaliza en lo espiritual; apela a la facultad de oposición del espíritu”. (Guberman & Pérez, 2005:80).

“Cuando por primera vez me dijeron que en mi sufrimiento “había un sentido”, me enojé. ¿Qué sentido podría tener el que yo estuviera sufriendo? Lo consideraba absurdo, fuera de lugar”. Así fue como llegué al mundo de la logoterapia: por convicción propia, en esta necesidad de encontrarle un sentido a lo que me estaba sucediendo y que hasta ese instante no lo veía, ya que “ese” era el momento preciso, envuelta en una crisis existencial y en la imperiosa necesidad de enfrentarme a una decisión de elegir la posibilidad más valiosa para poder seguir adelante; la ocasión esperada por mí desde esa parte de la espiritualidad inconsciente que quería salir y que yo la mantenía reprimida, bloqueada, pero que de alguna manera la percibía de manera intuitiva, de un modo irracional, pero que se convertiría en lógica y trascendente, tal y como se verá más adelante.

La parte del testimonio que viene a continuación va a ser analizada a la luz de los conceptos de la logoterapia, mismos que han venido apareciendo en el transcurso del relato y que sigue de esta forma:

“Al familiarizarme con los conceptos logoterapéuticos y al trabajar en un autoconocimiento profundo, por fin logré ver una luz a lo lejos, una esperanza que percibía como sostén para dirigirme hacia un mejor futuro”. Al hablar de esperanza, me refiero a esa “fuerza que nos capacita para alcanzar rendimientos que, de no ser por ella, nunca alcanzaríamos”, Guberman & Pérez (2005:50), y que definitivamente va ligada con la fe que cada uno de nosotros profesa. Fue precisamente en esa esperanza en donde se encontraban mis valores más profundos para realizar, por lo tanto: “Comenzó en mí un proceso de ampliación de consciencia y apertura para buscar las respuestas que tanto necesitaba y finalmente pude ponerles nombre a mis diferentes experiencias: me encontraba en un “vacío existencial”, un vacío interno y sin-sentido, que me estaba llevando a una pérdida de contenido y de propósito en mi vida”,

El término vacío existencial habla de “una vivencia de la propia existencia, producida por pérdida de la visión de los valores y del sentido”, Guberman & Pérez (2005:145). Esta definición se aplica a lo que mencioné anteriormente y que quedó pendiente de análisis, en donde: “no me daba cuenta que todas esas creencias sólo me llevaban hacia un vacío. Un vacío, pero lleno de frustración, de insatisfacción y miedos”,

Dichas creencias o interpretaciones erróneas (o sea, distorsiones cognitivas, que en esa época no eran conscientes para mi, en el sentido de que mis pensamientos que generaban mis emociones, así como mi actuar, no iban de acuerdo a los hechos), eran las que provocaban el vacío en mí, llevándome también hacia una frustración existencial: “una frustración de la voluntad de sentido que se manifiesta como un sentimiento de falta de sentido de la propia existencia”. Guberman & Pérez (2005:59), así como también: “en un conflicto de valores y de propósito en mi vida; en una “neurosis noógena” (bloqueo espiritual), que no me permitía ver nada, mis emociones estaban congeladas, había apatía o incapacidad de sufrir, aburrimiento y desesperanza… me encontraba atrapada, verdaderamente sin salida”.

Al referirme a una neurosis noógena, cabe aclarar que: “si bien el espíritu no enferma, un conflicto de conciencia, una crisis de valores, una crisis existencial, puede hacer que una persona enferme de neurosis, en cuyo caso la etiología es de origen espiritual y su síntoma, la represión del sentido existencial”. (Guberman & Pérez, 2005:94). Y allí es donde yo me encontraba, empantanada, yéndome cada vez más hacia el fondo, en una actitud neurótica y fatalista, lejos de toda responsabilidad.

“Me di cuenta que estaba viviendo en la inconsciencia, en un mundo idealizado, en la evitación de la realidad, utilizando todos los mecanismos de defensa posibles para no desmoronarme, y cuánto más negación y represión había, recurría más a la fantasía, ya que era tanto mi dolor, interno y externo, que lo único que podía yo hacer en ese momento era bloquearlo y tratar de seguir adelante, pero sin herramientas, no sabía “cómo” hacerlo”. Aquí resaltaba el nivel de consciencia en el que yo me encontraba, y no en la conciencia de Frankl, que la definía como un: “fenómeno primario esencialmente humano, no deducible de otra instancia, no reductible, fundamentalmente intuitivo y creativo. Dimensión donde el ser humano se encuentra consigo mismo en su más profunda intimidad, y donde se manifiesta la presencia dialogal con ella misma o con Dios”. (Guberman & Pérez, 2005:31).

“En este despertar de mi conciencia, ya conocido por mí como el órgano del sentido, principió mi largo proceso de recuperación”. Es esta dimensión la que me guiaría hacia la libertad y la responsabilidad, para tomar decisiones y responder ante mí misma y ante los demás, descubriendo valores (recursos espirituales) y poniéndolos en práctica, ya que mientras existan anhelos y aspiraciones, hay posibilidades de sentido: “El sentido es el valor encarnado, siendo de esta forma concreto, único y singular en cada situación, alcanzándose a través de un proceso de búsqueda”. (Guberman & Pérez, 2005:127).

“Entré en un desarrollo personal, intenso, doloroso, sí, pero cada día que pasaba, sentía que empezaba a recobrar mi razón de vivir, fue una experiencia maravillosa. Me situé en el presente y dio principio mi transformación, ya que dejé de estar lamentándome por mi pasado y empecé a ver hacia el futuro”. Esta última declaración es de gran trascendencia, ya que me lleva a darme cuenta de que efectivamente yo me encontraba restringida de alguna manera (por mi enfermedad), más no determinada, Lukas (2005), y es aquí donde surge esta capacidad de oposición del espíritu, esta fuerza para poder afrontar los condicionamientos impuestos por el destino. “Proseguí en este camino de descubrimiento, escuchando la voz de mi conciencia, esa parte sabia que proviene del interior de uno mismo, de la parte espiritual, que no juzga, sino que orienta para actuar significativamente y poder hacerle frente a los dilemas existenciales y al sufrimiento inevitable con fortaleza, dignidad, voluntad y decisión”.

“Aprendí a moverme desde la intuición, y no desde la razón, ya que siempre me he considerado ser una persona muy racional (tratando siempre de encontrarle una explicación a todo), y de esta manera pude lograr una conexión con mis emociones (reconociendo mis sensaciones y mis sentimientos), que era lo que yo estaba necesitando en ese momento”. En esta parte, finalmente se hace manifiesta mi aceptación, esa actitud que se logra mediante un proceso interior y que requiere de reconocer la realidad con respecto a mí misma y al mundo, y que gracias a ella:

“Descubrí mi unicidad (como un ser único e irrepetible), mi libertad para elegir y decidir con responsabilidad, desde esta dimensión espiritual, a identificar que las pérdidas se dan en todos las áreas, como en la amistad, en el trabajo, con la pareja, etc. y no nada más con el fallecimiento de un ser querido; a clarificar, jerarquizar y actualizar mis valores, lo cual me permitió darme cuenta que el perfeccionismo en el que me manejaba, realmente no era un valor para mí, sino algo introyectado en mi infancia, de mi madre que me exigía perfección, y que así fui por la vida”. “Sin embargo, ahora recapacito y concluyo que eso, al no ser mío y no darme ninguna satisfacción, lo rechazo y trabajo para no caer nuevamente en esa postura”.

Aquí hago uso nuevamente del ya mencionado: Antagonismo Psiconoético, para tomar distancia y lograr así un cambio, como lo señalo a continuación: “Con la utilización de varias técnicas, como la del autodistanciamiento, logré captar lo que mi cuerpo me estaba tratando de decir, llegando a la conclusión de que al estar bloqueadas mis dimensiones psico-espiritual, mi parte física lo estaba resintiendo (somatizando): tenía que lograr la integración de ellas para formar una totalidad, una coherencia, una fuerza para poder superar la crisis por la que estaba yo pasando”.

“Estando en la ruta correcta, con el método correcto, con todo ese conocimiento y amor, logré distanciarme de mis síntomas, rescatar mis relaciones y recuperar nuevamente el sentido de mi vida”. Yo buscaba con desesperación algo con qué poder enfrentar mi enfermedad y salieron los valores de actitud, como respuesta a la pregunta hecha en un principio, de: ¿qué sentido podría tener el que yo estuviera sufriendo?, ya que como dice Frankl: “Para llevar a cabo el valor de actitud, el hombre deberá encontrar un sentido a su dolor”, Guberman & Pérez (2005:146), y lograr así, transformar una tragedia personal en un triunfo y un fracaso en aprendizaje.

Con esto me di cuenta que gracias a los valores de actitud, es que he logrado encontrar, ante la experiencia de mi padecimiento, un sentido al sufrimiento, siendo éste, otro de los elementos, junto con la culpa y la muerte, que constituyen la ya mencionada Tríada Trágica. “Ninguno de ellos puede ser evitado por el hombre, por eso, la logoterapia sostiene la posibilidad de que la tríada trágica se transforme en algo positivo, transformando el sufrimiento en realización, la culpa en conversión, y la muerte en el estímulo para la acción responsable”. Guberman & Pérez (2005:140). Todo esto será posible cuando el hombre pueda apelar a los valores de actitud.

Visto desde otro enfoque: la enfermedad misma me ha dado la oportunidad de encontrar un sentido, lo cual creía que no podría ser posible, al poseer la libertad para asumir una actitud frente a lo que el destino me ha impuesto, como una misión en mi vida y como parte de una trascendencia, que como lo mencionan Guberman & Pérez (2005), es la capacidad humana de valorar las circunstancias actuales y traspasar sus límites para encontrar la plenitud del sentido. “Así, continué con mi andar hacia la trascendencia, convencida de que esa era mi misión: el de ayudar a otros a que lograran lo mismo con mi ejemplo y experiencia, desde los valores de actitud, y así, ellos, a la vez, le darían un significado a mi existencia: un círculo de vida y esperanza, y no el círculo vicioso en el que me encontraba anteriormente”.En este punto se ejemplifican los valores de creación, que junto con los de experiencia y actitud, (de acuerdo con Frankl), conforman los valores más significativos del hombre hacia el sentido, siendo éstos los que se encargan “de dar al mundo su modo de ser peculiar en una respuesta concreta.” (Guberman & Pérez, 2005:146).

“Hoy por hoy puedo decir que esos por qué’s quedaron atrás, convirtiéndose en los para qué’s de mi significado real, he dejado de ser tan exigente conmigo misma, en un camino de auto-aceptación, ayudada y confortada por las palabras de Alejandro Unikel (2009), diciéndome: “abrázate con compasión y humildad, afronta el sufrimiento de los dilemas existenciales con fortaleza y dignidad, y date cuenta que lo que hiciste en ese entonces fue tu mejor respuesta posible, ya que no contabas con las herramientas que posees ahora, perdónate y sigue adelante en esta búsqueda de sentido”.

“Debido a esta modificación de actitudes pude alcanzar una nueva postura hacia la vida, más congruente y significativa, alejada de la hiperreflexión, de ese exceso de atención hacia mis síntomas, llena de esperanza y motivada hacia un futuro pleno y prometedor, y me siento muy orgullosa de decirlo, ya que ha sido un trayecto muy largo, difícil y doloroso para mí, de mucho trabajo personal, de cambios y pérdidas, de renuncias, pero de gran aprendizaje y crecimiento, convencida de que mi padecimiento es manejable y acompañable, eligiendo uno de mis valores más entrañables: “el ser feliz”.

La felicidad, según Frankl (2005), no es fin, o sea, teleología: “sentido y finalidad más elevados hacia los cuales se dirige el hombre”, Guberman & Pérez (2005:57), sino consecuencia de algo: de cómo se vive. Es un efecto no intencionado de la autotrascendencia: “orientación fundamental del hombre hacia el sentido; es la esencia de la existencia humana”. (Guberman & Pérez, 2005:24). Es algo que se logra a partir de vivir de acuerdo con los valores, tanto de creación, como de experiencia y de actitud, y no es necesario perseguirla: “si existe una razón para la felicidad, la felicidad se da, como si lo hiciera espontánea y automáticamente. (Frankl, 2005:38).

Todo mundo aspira a la felicidad,
pero nadie sabe en qué consiste.

Séneca.

Con esta reflexión doy por terminado este capítulo y continúo el siguiente con los resultados obtenidos en este análisis de las herramientas logoterapéuticas.

CAPÍTULO SEIS

RESULTADOS

A la pregunta correspondiente al planteamiento del problema que dice: ¿pueden los valores de actitud de la logoterapia aportar una reflexión en la experiencia de una enfermedad como la fibromialgia?, la respuesta es afirmativa y el desarrollo del presente capítulo consiste en sustentarlo.

Como ya lo marqué anteriormente, la logoterapia es muy amplia y para efectos de la investigación solamente seleccioné los valores de actitud. Indudablemente y como lo he estado señalando desde el capítulo anterior, me referí a muchos temas que abarca la teoría porque iban apareciendo considerablemente en el relato, pero de nuevo quiero comentar que el énfasis está desde los valores de actitud.

Considero que los valores de actitud, fueron para mí una ayuda importante en la tarea de afrontar con mejores herramientas mi enfermedad, ya que como lo mencioné en el capítulo pasado, yo no contaba con este conocimiento, sin embargo, los estaba utilizando desde esa logoterapia del hombre de la calle, y al darme cuenta de esos recursos desde mi experiencia personal, finalmente pude ponerles nombre y reflexionar en el concepto de poder encontrarle un sentido a mi sufrimiento.

Es importante señalar que el sentido del sufrimiento es el resultado de haberme confrontado con lo que el destino me impuso, en este caso la fibromialgia, y por lo tanto me condicionó de alguna manera, en mi dimensión psico-física, más no me determinó, en la espiritual.

Y es precisamente en esa área, en donde encontré esos valores que me ayudaron a tomar una postura activa frente a la crisis por la que estaba yo pasando, y es aquí donde quiero citar a Pareja (1998:203), diciendo: “no hay aspectos trágicos en nuestra condición humana ante los cuales no podamos tomar una actitud y que, por nuestra misma actitud libre y responsable elegida, podemos transmutar la dimensión trágica en un logro, en un crecimiento humano”.

A continuación señalo algunos de los alcances que encontré en el relato, con relación al tema específico de la fibromialgia y los valores de actitud, que ayudan a fundamentar la respuesta al planteamiento del problema. Al hablar del vacío y la frustración existencial en donde me encontraba, ante ese suceso ineludible, era evidente que mi parte espiritual estaba bloqueada en ese momento: carecía de voluntad de sentido, de esa motivación para poder ir en busca de la felicidad, en donde resaltaba la pérdida de la visión de los valores y de sentido, había miedos e insatisfacciones. Ante esa falta de intencionalidad, como nos dice la logoterapia, me sentía perdida en mi horizonte, sin fuerzas para continuar. Sin embargo, algo había dentro de mí que me urgía a hacer algo, no sabía qué, ni cómo, pero que finalmente me llevó a moverme.

Y fue así como empecé a tomar postura frente a mi condición, y como dije en el testimonio: “dejé de estar lamentándome por mi pasado y empecé a ver hacia el futuro”, desde esa dimensión espiritual, que en la logoterapia se conoce con el nombre de Antagonismo Psiconoético: esa capacidad de oposición del espíritu hacia los condicionamientos impuestos por el destino, una facultad exclusivamente humana que nos permite tomar distancia, tanto de nosotros mismos, como de los síntomas, en este caso, con una actitud de desafío ante lo inevitable.

Al haber logrado esa fuerza interna, a través de los valores de actitud, es como pude considerar mi realidad y hacer conciencia de esos recursos, que como ya había mencionado anteriormente, se encontraban en mí desde el principio, pero que no sabía cómo nombrarlos, y ahora, después de conocerlos y ahondar en ellos, es como puedo elegir una actitud libre y responsable ante ese sufrimiento.

Para sostener esto, quiero señalar tal y como lo aprendí de Frankl, que el ser humano es más que sus circunstancias, más que su sufrimiento y mucho más que sus síntomas, idea que reafirma con lo que finalicé el párrafo anterior de decir que somos seres condicionados, más no determinados.

Para cerrar este capítulo, finalizo con esta frase de Frankl (2005:77): “Un ser humano, a partir de las actitudes que escoge, es capaz de descubrir y realizar un sentido, aún en una situación desesperanzada”.

A continuación presento las conclusiones que ponen punto final a mi trabajo de investigación.

CAPÍTULO SIETE

CONCLUSIONES

Al llegar a este capítulo, en lo que respecta a las conclusiones, quiero mencionar conceptos logoterapéuticos que fueron saliendo en el transcurso de este estudio, y que al considerarlos de importancia, aún cuando no fueron objeto de análisis, los mencionaré en este espacio ya que pueden ser de gran ayuda para poder sustentar de manera más amplia el resultado de este trabajo, o en su caso, para investigaciones posteriores.

Por ejemplo, la enfermedad de la fibromialgia se puede ver a la luz de los siguientes conceptos, mismos que una vez señalados describo brevemente:

  • Las pérdidas y proceso de duelo
  • Valores de experiencia y de creación
  • La tríada trágica
  • Libertad y Responsabilidad
  • Sentido de la vida
  • Autotrascendencia

Pérdidas y proceso de duelo: Ante una pérdida, ya sea de una persona u objeto, la reacción común es el duelo. Desde un punto de vista logoterapéutico, el sentido del duelo es lograr mantener vivo y presente aquello que amamos, mediante un proceso elaborado, que sin él no se podrían dar los valores de actitud.

Valores de experiencia: también conocidos como valores vivenciales. El diccionario de Guberman & Pérez (2005:146) los define como: “aquellos valores que el ser humano está capacitado para recibir del mundo por su contacto con la naturaleza, a través de sus sentidos, y por su contacto con sus semejantes, a través del amor”. Ejemplo de esto podría ser, Frankl (2004:133): “la conmoción interior provocada por la belleza de una obra de arte o del esplendor de la naturaleza, o por sentir el cercano calor (por el amor) de otro ser humano”.

Valores de creación (o creativos): “Son aquellos que se encarnan a partir de la capacidad del hombre de dar al mundo su modo de ser peculiar en una respuesta concreta”, Guberman & Pérez (2005:146), como puede ser el trabajo o a través de la expresión artística; mediante la propia conducta, con el hacer, del ofrecer y entregarse y del crear y transformar al mundo.

La Tríada Trágica: Se compone por el sufrimiento, la culpa y la muerte, situaciones que no pueden ser evitadas por el hombre. “La logoterapia sostiene la posibilidad de que la tríada trágica se transforme en algo positivo, transformando el sufrimiento en realización, la culpa en conversión, y la muerte en el estímulo para la acción responsable”. (Guberman & Pérez 2005:140).

Libertad y responsabilidad: La libertad pertenece a la esencia del ser. Es una facultad humana de poder determinar los propios actos, que junto con la espiritualidad y la responsabilidad, es un elemento constitutivo de la existencia humana. La responsabilidad consiste en la capacidad para responder ante sí mismo, ante los otros y ante Dios. (Guberman & Pérez, 2005).

El sentido de la vida: “Un punto importante del Análisis Existencial y Logoterapia de Víktor Frankl es la convicción de que el Sentido de la Vida lo des-cubre cada ser humano y aprende a responder a la Vida antes que a preguntarle”. Pareja (1998:186). El sentido se encuentra íntimamente ligado con la realización de sus valores, en donde los intuye desde lo más profundo de su personalidad.

Autotrascendencia: Es la orientación del hombre hacia el sentido, que va siempre dirigido hacia algo o hacia alguien; es una autorrealización, en donde la persona se entrega al mundo olvidándose de sus propias necesidades; es la esencia de la existencia humana en donde traspasa sus límites y realiza valores: “el hombre se trasciende a sí mismo”. (Frankl, 2004:150).

Para concluir con este trabajo, quiero terminar con una reflexión: “el hombre está llamado a hacer el mejor uso de cada momento y a tomar la decisión correcta en cada instante: se supone que sabe lo que tiene que hacer, o a quién ha de amar o cómo tiene que sufrir”. (Frankl, 2003:97).

Sin ninguna duda, el hombre es un ser finito y su libertad limitada.
No se trata, pues, de librarse de los condicionantes (biológicos,
psíquicos, sociológicos), sino de la libertad para adoptar
una postura personal frente a esos condicionantes”.

(Frankl, 2004:149).

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Autor: 
María del Carmen Espriu Andrade